Alguna vez hablé con los duendes del vino y me mostraron su disconformidad porque hace una punta de años que no los llaman a participa de la Fiesta de la Vendimia. Pero este que me encontré tal vez tenía algo especial. Porque uno sabe que los duendes son propietarios de la fantasía, de la risa, de las travesuras y, muchas veces, tantas veces, de las utopías. Pero este, además, era propietario de las lágrimas. Si hay algo realmente conmovedor es ver a un duende llorando. Me acerqué despacio, aunque seguramente él ya me había advertido. Tenía las dos manos tapándose la cara, pero no le alcanzaba para atrapar sus lágrimas, se le desbordaban entre los dedos. Eran muchas. Tal vez por respeto a mí, los duendes suelen ser muy respetuosos. Dejó de llorar por un tiempo. Entonces pude ver sus ojos, tan profundos como un ojo de mar. Le pregunté qué le pasaba. Me dijo: “Me estoy quedando sin casas. Yo necesito casa. No sé vivir al aire libre. Y, dentro de la casa, un escenario donde ocurran maravillas de dolores y de alegrías, y arriba del escenario luces, para que lo igual pueda verse de otra manera, y al frente del escenario, butacas o sillas, para que venga la gente a hacerme compañía, porque yo no me puedo hacer cargo de tanto arte. Me estoy quedando sin casas. Están cerrando las casas donde habito y ya no puedo hacerme cargo de mis amigos. De esos locos que andan ensayando a deshoras y que ponen ilusión arriba de la ilusión para subirse al cariño de su pueblo”. Después volvió a llorar. No supe qué decirle. Intenté una caricia, pero se quedó a mitad de camino. Me fui caminando despacito, escuchando aún sus pequeños gemidos. Me sentí solo, muy solo, tan solo como él. Anoche me encontré con el duende del teatro. Estaba llorando desesperadamente, sentado en la vereda de lo que fue alguna vez el teatro Viceversa.