Los que lo quieren dicen que es obsesivo. Aquellos que lo critican, también. Para bien y para mal, Alfredo Cornejo está pendiente de todo lo que pasa en el Gobierno. Desde los temas más sensibles y complicados de la gestión hasta los más insignificantes, como la falta de jugo de naranja en la cocina del Cuarto Piso. “Sé como funciona el Estado”, ironiza el gobernador para explicar su necesidad de estar atento a todo lo que lo rodea.
Ese ejemplo, 100% real, sirve para entender un poco la lógica de un mandatario que maneja el poder político como pocos en la historia de Mendoza. Y que no está dispuesto a perderlo en sus últimos años de gestión.
Su desafío más importante será intentar mantener o ampliar ese poder en una etapa donde, sin posibilidad de reelección, todos los gobernadores de esta provincia comienzan a cederlo.

“El poder no es bueno ni malo, es según quién lo tiene”, asegura. Toda una definición. Sobre todo porque ahora el poder lo tiene él.
“La fuente del poder no sólo la da el cargo, sino la da la legitimidad social y política”, argumenta. O sea: considera que el día que deje de ser gobernador, si su gestión termina con apoyo popular, podrá mantener el poder que comenzó a construir mucho antes de llegar al Sillón de San Martín.
“¿Cómo se pueden dar órdenes sin buena información?”, se pregunta el hombre que hace del análisis de datos un estilo de gestión. Todo se lee, todo se estudia, todo se interpreta. Cornejo está muy atento a lo que publican los medios de comunicación en temas sensibles. Desde una nota que cuenta los problemas de inseguridad de un barrio hasta una columna de opinión sobre el Poder Judicial. Todo tiene que pasar por sus manos, sus ojos, su mente.
Su relación con la prensa es tan importante como ambigua. Generalmente se cuida de criticarla en público, aunque puertas adentro cuestiona con firmeza ciertas relaciones y la manera de manejar la información.
Hasta en un momento de cierta relajación, muestra otra característica de su personalidad: la memoria. Así puede mencionar uno por uno a los once jugadores de un equipo de fútbol universitario del que formó parte a comienzos de los ’80. También recuerda que ganaron 1 a 0 un clásico de la Franja Morada.

“Fue un partido de pragmáticos contra idealistas”. Su sonrisa pícara cuando le preguntaron en qué equipo jugaba él fue la mejor respuesta.
