El sueño del presidente duró la nada misma. Su deseo de jugar con público visitante nunca tuvo consenso; ni de la dirigencia deportiva ni de los responsables políticos de articular los operativos de seguridad. De ahí en más, garantizar el desarrollo de los dos partidos era casi un trámite de rutina. No había razón para imaginar el desenlace de este fin de semana. Pero, pasaron cosas…

La cercanía de Daniel Angelici como operador político y judicial de Mauricio Macri, y su incidencia en los estamentos de poder, pareció tener eco en el encuentro que se disputó en la Bombonera. La delegación de River fue recibida bajo un operativo de seguridad digno de la búsqueda de un prófugo peligroso. Requisa en el vestuario e inhibidores de señal de celulares formaron parte de un combo que intentaba evitar por todos los medios que Marcelo Gallardo incumpliera con la sanción impuesta por Conmebol y se comunicara con el plantel.

En la ida y en la vuelta de La Boca, el micro fue atacado con piedras y huevos. Como no hubo ni heridos y sólo algunos vidrios se rompieron, el hecho quedó relegado a una mención insignificante en las páginas internas de los diarios.

A unos cincuenta metros de Libertador, por Udaondo, el ingreso para los hinchas de River que iban a la tribuna Sívori o a la platea Belgrano era bastante expeditivo. De algún modo, se premiaba a los que habían ido temprano. Por eso, a eso de las dos de la tarde, no había que hacer mucha cola. Entrada y documento en mano, en cuestión de minutos estabas en el Monumental.

En Quinteros y Libertador el panorama era diferente. Querer entrar a la tribuna Centenario ya era punto de conflicto. Prefectura desplegó allí el primer anillo de seguridad. Escudos nuevos, cascos nuevos, armas tipo taser y fusiles de paintball. El paisaje checkpoint inicial. Solo para locales. Insoportable.

Había dos maneras de manejar la situación: la primera, permitir que la gente fluyera de a poco por Quinteros, sin la necesidad de generar tapones y cierres caprichosos; la segunda, cortar el paso de los hinchas durante tandas de unos diez minutos, provocar la reacción del público, empujones, avalanchas, insultos y la certeza de que al menor incidente todo iba a explotar.

Ocurrió a la perfección. La presión fue tal que, antes de las tres de la tarde, los controles se desbordaron. Corridas, piedrazos, robos de entradas y levantamiento de molinetes.

En medio de ese descontrol, la esquina de Libertador y Quinteros seguía siendo la más caliente.

De pronto, la Centenario se llenó. “Todos estos se colaron. Yo estaba pasando la entrada por el molinete cuando vi que se venía el malón y tuve que saltar para entrar. Atrás mío se metieron todos”, contaba un chico de unos 35 años.

La señal de celular en ese punto era una bendición sólo para elegidos. Algunos decían que afuera era un caos. Otros llegaban con el chisme del micro de Boca apedreado.

“Lo agarraron en Quinteros y Libertador y les rompieron los vidrios”, tiró uno que oficiaba de vocero. Todos los miraron incrédulos. Un chaqueño, que había llegado la noche anterior con un grupo de amigos, preguntó si Quinteros era la calle por donde habían accedido ellos. No era ni licenciado en Criminalística ni en Seguridad Ciudadana, pero entendía que cualquier persona con algo de imaginación podía darse cuenta de que los responsables del operativo seguridad habían elegido llevar a los jugadores de Boca por el peor recorrido que se pudiese haber analizado. Incluso así, había tantos efectivos apostados que resultaba difícil pensar cómo llegaron a atacar el micro. Liberaron la zona, concluyó la mayoría.

Ya eran las cuatro de la tarde. Algunos llevaban más de dos horas y media bajo el sol. Agua, cada vez menos. Chances de ir al baño, ni hablar. Había tanta pero tanta gente, que moverse podía generar una suerte de efecto mariposa con consecuencias insospechadas.

La historia es conocida. Que se juega, que no, que enseguida, que mañana, que nunca, que vaya a saber cuándo. De a poco entraban mensajes por los celulares. “Ojo que afuera está picante”, advertían familiares que veían por la tele lo que sucedía en las inmediaciones del estadio.

Todos miraban para enfrente. Los Borrachos del Tablón no estaba en su clásico lugar en la Sívori. La relación era matemática. Si ellos no están ahí y hay desmanes afuera, no hace falta imaginar quiénes estaba detrás de todo esto.

Con más de cinco horas al sol encima, y sin poder al menos sentarse un rato, las ganas de una botella de agua minera resultaban más seductoras que gritar un gol del Pity.

Otra vez corridas. Gente subiendo y bajando casi de manera instintiva para no ser aplastada. El miedo de no saber qué estaba ocurriendo del otro lado de las escaleras.

Abajo quedaban los resabios de una batalla campal. Policías formados en las esquinas, casi en actitud pasiva. Autos rotos, cascotes por todos lados, veredas sueltas, ambulancias frenéticas, algunos gritos. La posta de una zona liberada.