Las elecciones Primarias, para definir las internas de los partidos o frentes políticos deben ser repensadas; en especial, para aquellos casos donde nada se pone en juego. Lejos de convertirse en una herramienta práctica electoral, termina siendo una encuesta muy cara y con consecuencias, en ocasiones, severas.

Hay ejemplos claros. En Mendoza, por ejemplo, el año pasado, las PASO mostraron la competencia entre precandidatos que buscaban encabezar las listas. Ese proceso, además de alentar la participación ciudadana en una primera instancia, fortaleció a los partidos, los ordenó y les dio tiempo para reagruparse.

A nivel nacional, la historia fue radicalmente opuesta. Ni el oficialismo ni los partidos opositores estaban dispuestos a resolver sus diferencias a través de Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias. Para cuando fue el momento, los nombres estaban claramente definidos.

Entonces, la convocatoria a las urnas de agosto no fue más que la antesala de lo que podía ocurrir en octubre. Pero, nadie imaginaba los efectos colaterales.

Argentina vivió entre esos meses una profunda crisis económica e institucional. Lo que debía ser una definición de postulantes para pelear por la Presidencia se transformó en resistencia, por parte del perdedor, y en la exigencia casi de un cogobierno por parte del ganador.

En resumen, fueron acuerdos dentro de los partidos que dejaron al margen a quienes, casi de manera ingenua, después fueron a votar. Y, cuando eso pasa, la democracia se convierte en un juego para unos pocos.