“Che, Beto, ahora que vas para Europa podés comprarte un Goya”. “¿Un Goya? Dejame de joder, Viejo. Estoy harto de autos japoneses”. El canciller argentino fue a un acto a la embajada de Bolivia, y el embajador boliviano le presentó al ministro de Marina de Bolivia. El canciller argentino no pudo contener la risa. “¿¡Ministro de Marina!? Si Bolivia no tiene mar”. Y el embajador boliviano le contestó: “¿Acaso ustedes no tienen ministro de Justicia?”. Un argentino se quiso matar y decidió saltar desde su ego.

               O sea que cargamos pero también somos cargados. Hace unos días atrás, alguien comentó al respecto: “Los argentinos son ególatras”, y agregó: “¿Por qué los argentinos no pueden tirarse en paracaídas? Porque siempre caen mal”. El asunto no hubiera tenido trascendencia sino fuera porque quien lo dijo fue Oscar Arias, el presidente de Costa Rica. País que tiene una postura favorable al Tratado de Libre Comercio con los EEUU y, como Argentina está en la vereda opuesta, se mandó el chiste nada menos que por tele. Inmediatamente, surgieron manifestaciones en desagravio de los mismos costarricenses y el presidente pidió disculpas.

                  Más allá de eso, es evidente que el pensamiento contrario hacia nosotros existe y no sólo en Costa Rica, sino en numerosos países1. La pregunta sería: ¿realmente nos merecemos esos conceptos? Tal vez, por nuestra forma de ser, por la llamada viveza criolla que nos hace quedar mal en numerosas oportunidades. Pero un presidente debería tener un poco más de cuidado. ¿Por qué al presidente de Costa Rica lo contrataron para pegar estampillas? Porque tiene la lengua larga.