Esta semana, la presencia militar estadounidense en el Caribe se tornó más que evidente: buques de guerra artillados navegaron cerca de las costas venezolanas, acompañados por cazas F-35 desplegados en Puerto Rico. El escenario pareció extraído del tablero de una partida diplomática de alto riesgo, mientras desde Washington se evaluaron todas las opciones para enfrentar a los carteles del narcotráfico operantes en Venezuela, incluyendo la posibilidad de acciones directas en territorio venezolano.

La tensión escaló tras el ataque a una embarcación sospechada de transportar drogas, que terminó destruida y dejó once tripulantes muertos. Esa operación evidenció que, para la Casa Blanca, la lucha antidrogas podía llegar a cualquier extremo si lo exigía la seguridad desde el mar Caribe.

En Caracas, Nicolás Maduro respondió de inmediato. Convocó a sus milicias bolivarianas con consignas beligerantes como “resistencia hasta la muerte” y aseguró que la soberanía venezolana estaba lista para defenderse. Al mismo tiempo, sostuvo un discurso de aparente apertura al diálogo y desmintió las acusaciones que lo vinculaban a redes narcotraficantes.

En paralelo, el presidente colombiano Gustavo Petro intervino en el escenario regional. Manifestó su preocupación por la fragilidad creciente de la certificación antidrogas de Estados Unidos, un mecanismo que renovaba apoyo financiero clave para su ejército. Reclamó que Washington mantuviera ese respaldo, al considerar que resultaba esencial para evitar que los cárteles expandieran su poder en la región.

Con la movilización militar estadounidense en aumento, la retórica desafiante de Maduro y la presión de Colombia, el Caribe se convirtió en un tablero donde la diplomacia y la fuerza mostraron su choque más evidente.