La Torre de Jesucristo ha coronado este viernes la Sagrada Familia, un hito que marca el fin de la espera de más de un siglo. Con la instalación de su pieza final, la obra maestra de Antoni Gaudí ha alcanzado oficialmente los 172,5 metros de altura, consolidándose como el punto más alto del skyline de Barcelona y reafirmando su título como la iglesia más alta del mundo, distinción que ostenta desde octubre de 2025.

La expectación fue total: miles de personas siguieron en directo la colocación de la cruz monumental. Esta estructura, que equivale en altura a un edificio de cinco plantas (17 metros de alto por 13,5 de ancho), será inaugurada el próximo 10 de junio. En la capital catalana se especula con una visita histórica del Papa León XIV para el acto, aunque el Vaticano mantiene la cautela y aún no ha confirmado su asistencia.

El respeto de Gaudí por la naturaleza

Al alcanzar esta cota, el templo cumple con la voluntad estricta de su creador. Gaudí proyectó los 172,5 metros con un propósito simbólico: no superar la obra de la naturaleza. De esta forma, la basílica permanece sutilmente por debajo de los 177,72 metros de la montaña de Montjuïc, evitando que la arquitectura humana sobrepase la creación divina.

Con este avance, se completa el conjunto de las 18 torres del templo (12 dedicadas a los apóstoles, cuatro a los evangelistas, una a la Virgen María y el cimborrio de Jesús). La torre central no solo destaca por la cruz, sino por su riqueza artística: incluirá la imagen del cordero (Agnus Dei) del artista Andrea Mastrovito y las inscripciones latinas Tu solus Sanctus, Tu solus Dominus, Tu solus Altissimus, rematadas con las aclamaciones Amén y Aleluya.

Luz y controversia: el futuro del templo

Fiel a los Àlbums del Temple, que documentan las últimas voluntades del arquitecto, la cruz está diseñada para brillar bajo el sol y proyectar luz durante la noche mediante focos instalados en las torres adyacentes, simbolizando a Cristo como guía.

Sin embargo, el fin de esta etapa da paso al capítulo más complejo de su historia: la fachada de la Gloria. Este acceso principal, el más ambicioso del proyecto, conlleva una profunda polémica urbanística. Su construcción, que incluye una gran escalinata y una plaza, requeriría la demolición de dos manzanas de edificios, afectando a cerca de 3.000 viviendas y 10.000 vecinos, un dilema social que la ciudad deberá resolver para ver el templo finalmente terminado.