Cuba atraviesa uno de los momentos más críticos de los últimos años. Un nuevo colapso del sistema eléctrico dejó sin servicio a millones de habitantes y provocó el tercer apagón nacional en lo que va de 2026, en un contexto marcado por la escasez de combustible, el deterioro de la infraestructura energética y una economía cada vez más golpeada.
La estatal Unión Eléctrica (UNE) confirmó la “desconexión total” del Sistema Electroenergético Nacional, aunque evitó precisar las causas del incidente y tampoco brindó una estimación sobre cuándo podría normalizarse el suministro.
El colapso del sistema eléctrico se produjo cuando gran parte del país ya padecía severas restricciones energéticas. Antes del apagón nacional, numerosas localidades enfrentaban cortes programados que se extendían durante largas jornadas: en algunos barrios de La Habana las interrupciones superaban las 30 horas seguidas, mientras que en regiones del interior llegaban a exceder las 70 horas. Estas medidas habían sido implementadas por el Gobierno para administrar las limitadas reservas de combustible destinadas a la generación de energía.
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Mientras las autoridades intentan restablecer el servicio, la vida cotidiana de los cubanos vuelve a quedar paralizada. La falta de electricidad afecta el abastecimiento de agua, la conservación de alimentos, las comunicaciones y el funcionamiento de comercios y servicios esenciales.
La crisis energética tiene su origen en una combinación de factores: centrales termoeléctricas obsoletas, averías recurrentes, escasez de combustible y una capacidad de generación muy inferior a la demanda. Según datos oficiales, el país necesita más de 3.000 megavatios para cubrir el consumo, pero dispone de menos de un tercio de esa potencia. Además, gran parte de las plantas generadoras permanecen fuera de servicio por fallas o tareas de mantenimiento.
El impacto también se refleja en la economía. La caída de la actividad productiva, la falta de insumos y las dificultades para sostener los servicios básicos han agravado una situación que ya venía deteriorándose desde hace varios años. Los apagones, además, han sido el detonante de protestas y cacerolazos en distintos puntos de la isla, donde crece el malestar social frente a la falta de respuestas.
Para muchos cubanos, la incertidumbre se convirtió en parte de la rutina. Sin certezas sobre cuándo volverá la luz y con cortes cada vez más prolongados, la población enfrenta una crisis que parece no encontrar una solución inmediata.
