Los rifles y las pistolas siempre tuvieron buenas ventas en Estados Unidos, pero en estos últimos años el negocio de las armas de fuego portátiles vivió un verdadero auge.
Los ataques terroristas alientan a la autodefensa y las especulaciones sobre una posible regulación del mercado también disparan las ventas. ¿Quién se beneficia? Smith & Wesson o Ruger, entre otros, cuyas acciones tuvieron fuertes alzas.
La industria armamentística vivió un récord en 2015. El FBI reportó un incremento del diez por ciento de los llamados “NICS Background Checks”, los chequeos que se efectúan antes de la venta de un arma.
Hubo 23,1 millones de solicitudes. Es el valor más alto que se haya registrado desde que se puso en marcha el sistema en 1998. Hacia el fin de año, las tiendas prácticamente no daban abasto. En diciembre el FBI registró la mayor cantidad de consultas a su base de datos que en cualquier otro mes de los últimos años.
Las estadísticas de la policía nacional son consideradas un indicador confiable sobre las ventas de armas a personas privadas.
Según los especialistas del área, los ataques terroristas de noviembre en París y de diciembre en San Bernardino contribuyeron a empujar la demanda.
“Después de ese tipo de hechos, la venta de armas aumenta a corto plazo”, explica el profesor de Ciencias Políticas Robert Spitzer, de la State University New York. Spitzer recuerda que eso mismo ocurrió después de los atentados contra el World Trade Center el 11 de septiembre de 2001.
Otro de los disparadores son las especulaciones sobre una posible restricción en las ventas, señala Spitzer. “La tendencia se nutre del miedo a que haya nuevas leyes más estrictas”, indica, sumándole además una motivación política: “La gente compra armas como un modo de hacer una declaración”, de dejar en claro su postura, asegura.
Los fabricantes llaman “venta política” a ese fenómeno, que suele producirse durante el proceso electoral.
Los fabricantes saludan la tendencia. Smith & Wesson y Sturm, Ruger & Co., que cotizan en Bolsa, vieron cómo sus ventas crecían un 61 y un 24 por ciento en el último trimestre. Las cifras tuvieron buena repercusión entre los inversores: los títulos de las empresas estadounidenses crecieron en un 20 por ciento.
Sin embargo, no todos corren la misma suerte. El célebre fabricante de revólveres Colt acaba de superar la insolvencia. De todos modos, lo que lo llevó al borde de la quiebra no fue el desgano de la población a la hora de comprar armas, sino el hecho de que perdió varios contratos importantes con las Fuerzas Armadas.
Un estudio del sector efectuado por la Universidad Georgia Regent indica que el círculo es más bien pequeño: 37 fabricantes cubren el 75 por ciento de la oferta. Ese grupo está integrado por marcas estadounidenses como Remington y por extranjeras como la austríaca Glock, la alemana Sig Sauer y la italiana Beretta.
La consultora IbisWorld estima que los beneficios registrados por fábricas estadounidenses de munición y armas de fuego portátiles saltaron, desde 2011, a una tasa anual del 6,4 por ciento hasta lograr ingresos anuales de 16.000 millones de dólares.
La tendencia es tan fuerte que algunas empresas se han especializado en cumplir los deseos particulares de sus clientes. Heracles, por ejemplo, en el estado de Texas, vende muebles a prueba de balas con compartimentos secretos en donde guardar pistolas o rifles. Esos artículos, llamados “BedBunker” o “CouchBunker” pueden costar más de 10.000 dólares.
Pero la superpotencia paga un precio alto: en Estados Unidos mueren decenas de miles de personas por el uso de armas. Las últimas cifras casi igualan el número de muertos por accidente de tránsito.
El país no lleva estadísticas sobre la posesión de armas, pero un informe de 2012 del Congreso llegó a la conclusión de que la cantidad de armas pasó de 242 a 310 millones de 1996 a 2009. Eso implicaría que casi todos los ciudadanos estadounidenses tienen un arma. Incluyendo los niños.
Sin embargo, esta tendencia no se refleja en una radicalización de la población en general. El fenómeno sólo se da en un círculo determinado. “La cantidad de personas que poseen un arma ha ido decreciendo constantemente desde la década del 70”, señala Spitzer.
Por entonces, la mitad de los hogares estadounidenses tenía al menos un arma. Hoy en día esto sucede únicamente en un 30 por ciento de las viviendas. “Lo curioso es que hoy, en promedio, cada persona que posee armas tiene unas ocho unidades. Eso explicaría el aumento de la cifra”, añade el experto.
