La tormenta arrastró mucho material del piedemonte y así se ve el agua en las plantas potabilizadoras.

No hay nada más maravilloso que ver el río Mendoza con agua. Hasta parece extraño asumirlo, pero durante años, lo que se ha visto en muchas localidades de la provincia donde se extiende su brazo ha sido una huella de arena. Pero no hay que engañarse. Hoy tenemos agua. Mañana no se sabe. Más allá de los modelos predictivos, el cambio climático no aporta certezas. Venimos de una década y más de crisis hídrica. Entonces, es importante planificar.

Desde hace años ocurre otro fenómeno que nos condiciona, sobre todo, en el Gran Mendoza. Si llueve en la montaña, el arrastre de lodo y piedras tiene sus consecuencias río abajo: podemos quedarnos sin agua. Y si nevó de manera importante, hay que abrir las puertas de Potrerillos para liberar caudal: más cortes. De alguna forma, también podemos sufrir interrupciones en el servicio de luz si el agua baja turbia. Acá el problema es más complejo, técnicamente, pero es lo que ocurrió en estos días en una de las centrales locales. Lo que en principio es una bendición, también tiene sus complicaciones.

Todas estas situaciones que se han vivido en Mendoza, para colmo de males durante una extensa ola de calor, muestran la vulnerabilidad de los servicios. Y reflejan, en el fondo, la falta de inversiones que ha habido durante años en materia hídrica y energética. Cada crisis exhibe lo que no se ha hecho oportunamente.

Hay que planificar, está claro. Pero las gestiones pasan y todavía no se ve mucho más que la necesidad de hacer obras puntuales, porque generan rédito para la tribuna, sin el soporte de un plan mayor que nos indique cómo podemos cuidar los escasos recursos que la montaña nos ofrece y que nos eleve por sobre las contingencias.