El problema es político. Siempre lo fue. No interesa el nombre del ministro de Economía, sólo importa la interacción entre las diferentes facciones del Gobierno. Y la palabra “facción” tiene intencionalidad: se trata de dos bandos o dos bandas que actúan con violencia que repercute directamente contra toda la sociedad. No les importa absolutamente nada. La puja por el poder y por el control de las cajas del Estado han puesto al país en una situación de rehén. Argentina es hoy prisionera de la disputa abierta entre los diferentes frentes del oficialismo.

Pero hay algo más grave: no hay ánimo de consenso. No interesa para nada. De lo contrario, aparecería una salida. Nada de milagros. A esta altura, cualquier solución conlleva una dura y larga etapa de resignaciones y sufrimiento. Nadie sale de una crisis sin ese sacrificio. E, incluso así, es necesario que existan acuerdos macro para establecer cuál es el rumbo que debe tomar el país. Por desgracia, nada de eso está en discusión. No hay búsqueda de puntos en común para trazar políticas de Estado.

Acá se trata de un sálvese quien pueda, pero sin abandonar el poder y sin renunciar a los beneficios corporativos. Al contrario, el objetivo es ir conquistando espacios para operar con un manto de impunidad e inmunidad.

La política en Argentina se mide y pondera como si se tratase de un partido de fútbol. La idea de hacer cambios o renunciamientos es tomada como fracasos imperdonables. Se le tiene miedo al “qué dirán” de una tribuna de fanáticos que hacen gala de la cultura barrabrava que se instaló en el país, especialmente, en los últimos 20 años.