Es difícil imaginar una fiesta popular en este país que, al menos, otorgue la suficiente confianza para pensar que todo irá por los carriles normales. La falta de una planificación por parte de las autoridades, por un lado, pero también el desborde de una sociedad que busca el desahogo entre la multitud, con actitudes riesgosas e irreflexivas, son los dos rasgos que se vieron a lo largo de los últimos días, atravesados por una alegría tan genuina como deseada, una ansiedad acumulada a lo largo de años, incluso.
La recepción del plantel campeón del mundo en Qatar y el reencuentro de los ídolos con sus fanáticos implicaban nuevos desafíos para las autoridades, tanto provinciales como nacionales, por la seguridad para el equipo, pero también para los que estaban abajo del colectivo.
Lo que se necesitaba era un mínimo de organización, pero lo que primó fue la improvisación, por lo que se puede interpretar según cómo se fue desarrollando ese lento recorrido y cómo se decidió abruptamente evacuar a los futbolistas. En el medio, hay evidentemente diferencias políticas o intereses que no pueden sobreponerse, porque prima la necesidad de capitalizar los logros de la Selección. Sumado a esto, un pueblo ahogado por su economía, que necesita aligerar ese peso por otras vías. A menudo, la realidad pone a prueba a este país sólo para profundizar sus dramas.
