Hay ocho imputados por el asesinato ocurrido en 2020.

Hay juicios que han quedado en la historia porque fueron procesos que revelaron problemas profundos del país. Ocurrió con la Tragedia de Once y la corrupción, porque se cobra vidas, o con Cromañón ya que la desidia también derivó en una fatalidad masiva. La causa por la paliza mortal que recibió Fernando Báez Sosa en el verano del 2020 también nos deja perplejos, aunque en otra escala.

Durante años, hemos visto riñas en la noche en la puerta de los boliches, ya sea presencialmente o a través de videos.

También peleas en la plaza junto a una escuela. Podría decirse que todo eso lo hemos naturalizado. Hay actitudes, si uno las mira en frío, que no pueden entenderse de ninguna forma y que tampoco pueden reducirse a una práctica deportiva. La idea más simple es cómo puede una persona patear a otra que está en el suelo, indefensa. Los relatos de los testigos exponen el horror, entre los que se quedaron impávidos pero también entre los que intentaron hacer algo, aunque fuera en vano. Hay una degradación social de la que nos costará mucho esfuerzo salir y que encuentra en esta violencia un canal donde el otro es reducido a un trofeo de guerra. La dedicación por salir de este pozo debiera empezar por casa y tener su extensión en el aula. Este crimen tan doloroso –más allá de las penas y los debates jurídicos– nos ha puesto en el espejo para recuperar una humanidad que se ha ido vulnerando.