No hay mayor tracción en la economía que las de las pequeñas y medianas empresas, no porque sean las que generan gran cantidad de riqueza, sino porque su función tiene que ver con la creación de trabajo y la economía más cercana a los consumidores. Eventualmente, reciben alguna ayuda del Estado, aunque lo que más soportan es la presión fiscal porque, en lugar de otorgar ciertas ventajas para el cuentapropismo, las asfixia.
La suma fija que ordenó el Gobierno nacional para compensar su propia devaluación de 22 por ciento no parece acompañar el proceso de las pymes, por más que se acuda con una medida compensatoria.
Las pequeñas y medianas empresas necesitan otra garantía, que les otorguen previsibilidad para abrir todos los días en una economía cuesta arriba. La medida, más allá de que pueda dar un desahogo a los trabajadores, no deja bien parada a las compañías de este calibre, ya que no todas tienen la misma espalda financiera.
La Nación debería dejar que estas cuestiones se resuelven en su ámbito natural y regulado, que son las paritarias. En todo caso, lo que se debería proponer son políticas que generen el empleo y la motivación para que, en lugar de empleo público, se fomente el trabajo privado.
