La voracidad con que los turistas chilenos estuvieron de compras en los supermercados mendocinos, más allá del dato de color, es un golpe a la realidad para entender cómo es la situación argentina en la región. Pasa tanto con chilenos como con uruguayos o brasileños, por ejemplo. Tratan de aprovechar al máximo la debilidad de una moneda cada vez más devaluada y sin ningún poder adquisitivo. Pero el dato va más allá. Argentina se está convirtiendo poco a poco en un país de rezagos, en todo sentido; en uno en oferta, donde cualquier moneda es poderosa, menos la propia, y en el cual las miserias son nuestras y los lujos son ajenos.
Es sólo una cara de la moneda. La película completa es, incluso, más dramática. En una relación inversamente proporcional, la posibilidad de salir de nuestras fronteras es cada vez más inaccesible y no importa el motivo; da lo mismo que sean razones sanitarias, laborales o, simplemente, turísticas.
Los obstáculos exceden la intención física de viajar. Vincularnos con el mundo se ha convertido en una tarea intrincada.
Invertir es dificultoso para los capitales nacionales y carente de toda seducción para los extranjeros. Emprender es, directamente, batallar contra la toxicidad propuesta por el combo Estado-gremios, decidida a devastar el mercado laboral. Aun en el auge de las telecomunicaciones, Argentina va a la zaga, casi paralizada en un discurso estancado hace más de 40 años y que se ha convertido en el eje ideológico de quienes romantizan la pobreza y el atraso.
