La necesidad de capitalizar políticamente algo, al menos, de la algarabía mundialista es desesperante. Se ve en cada exposición, en cada aparición pública o a través de las redes sociales de cuanto funcionario nacional busca por todos los medios hacer algún paralelismo o analogía entre el momento futbolístico y la vida institucional del país.
Lo hacen como una humorada, pero no… No tienen habilitada esa gracia. No mientras millones de argentinos se sumergen en la pobreza y no encuentran salida.
No hay licencia para la conducción política.
No la merece.
El Mundial es un momento de abstracción de la crisis para quienes la padecen, no para sus responsables. Es un relax en medio de la complejidad diaria, una distracción y un instante para ilusionarse con algo que solo es un deporte, como el fútbol.
Y, justamente por eso, hay que prestar atención porque, mientras la mirada está puesta en la Selección, los verdugos no descansan y buscan la oportunidad para hacer sus propios negocios.
