El fallecimiento de un joven jugador de fútbol por una descarga eléctrica en un predio de canchas de césped sintético generó dolor en el ambiente. Se trata de una muerte accidental, pero que obliga, más allá de la bronca o la tristeza, a poner la lupa en el mantenimiento de las instalaciones de aquellos lugares donde uno va a divertirse, sin imaginar que se puede desencadenar una situación indeseada.
La investigación judicial deberá determinar las responsabilidades de este deceso y si hubo negligencia. Pero la reflexión tiene que ir más allá de las situaciones puntuales. Si los empresarios no cuidan sus emprendimientos, los daños que se pueden generar a terceros serán mayores. Y si los organismos de fiscalización no actúan como corresponde, en condiciones precarias, será imposible el desarrollo económico de una actividad. Ya nadie asiste adonde su seguridad no tiene garantías ni certezas.
Hay ejemplos claros de que la falta de controles rigurosos y la desidia empresarial son letales. Sucedió en gran magnitud con aquella tragedia nacional que fue Cromañón. Todos los protocolos para los locales de diversión nocturna comenzaron a cambiar desde entonces, empezando por el simple hecho de que las puertas se abran desde dentro hacia fuera. Forma parte de esa cadena de situaciones ejemplares que modifican conductas pero con un gran costo sobre las espaldas, que se traduce en vidas.
