Hay una cuestión, más allá de las diferencias de colores partidarios, que no puede perderse. Y tiene que ver con las investiduras de los funcionarios públicos. Tal vez la tan mentada grieta, el calor de las redes sociales o el apuro por señalar alguna crítica, favorece los exabruptos, todo un síntoma de la dirigencia política por estos días.

La aproximación de las elecciones caldea los ánimos, pero tampoco es justificativo. No hace falta tener chispa para responder, principalmente en las plataformas digitales, sino tener la suficiente racionalidad argumentativa. Nadie les está pidiendo a legisladores o funcionarios que se comporten como haters, término que se adjudica a los odiadores seriales.

Hablar para la tribuna implica perder, poco a poco o de un plumazo, la credibilidad y hasta la legitimidad. Quienes ocupan esas sillas delegadas por el voto popular no pueden estar profiriendo barbaridades como si estuvieran despojados de toda responsabilidad.

El efecto impacta directamente en el debate o el diálogo entre fuerzas opuestas, pero, en el fondo, en la calidad institucional de Mendoza. No es por ahí, en definitiva.