Heladas.

No hay mayor capital político que la palabra. No es la imagen, a pesar de que está siempre cuidada y medida constantemente con estudios de consultoría. De hecho, lo que no se cumple con la palabra termina afectando a la imagen. Lo que se pierde, entonces, es la confianza cuando un funcionario promete, pero, por las razones que fuesen, sus gestos no están al mismo nivel de lo que dice. No solo es la credibilidad en una figura sino en un sistema que debería dar respuestas sin mayor teatro ni relato. Cuando hay un problema, no hay que inflar la respuesta.

Suele ser más perjudicial proponer algo que no se dará que señalar la verdad.

El último golpe al agro mendocino fueron las heladas tardías. Se malogró el trabajo
de un año, que ya de por sí es complicado. Uno de esos costados son los costos en
dólares para solventar la producción, como el gasoil o los fertilizantes, que se rigen por
precios internacionales. Si a ese productor se le rompió el tractor, se quedó a pie porque fue todo un problema conseguir repuestos debido a las importaciones. Por donde quiera se encontrará un hueco y un parche. El hueco es el de este sector primario, que es el que menos gana en la cadena de precios, aunque es el que pone el cuerpo.

El parche lo coloca el Estado, sobre todo, si no está preparado para las contingencias habituales. Nadie reniega de cuán compleja y crítica es la economía argentina hoy por la falta de dólares; pero, si un ministro promete un paquete de medidas, tiene que estar a
la altura de su promesa, propiciar las herramientas administrativas y ser lo suficientemente creativo en un pantano fiscal que todo lo engulle. Si no, lo que queda de sus palabras es puro humo.