A menudo, las reflexiones que nos provocan nuestros legisladores suelen tirar más hacia el rechazo y la desaprobación. Nos cuesta encontrar alguna fisura en esa mirada que ha estado alimentada con los años en las actitudes que hemos visto, ya sea para hacer política en el barro del Congreso o para imponerse en la discusión ideológica con los peores argumentos. Pero, fuera de esto, hoy vale tomar algunas consideraciones que dejó el discurso de renuncia de Esteban Bullrich en el Senado de la Nación, porque no suelen ser palabras habituales que nos movilicen para saltar sobre la grieta, más allá de la emoción y el dolor que generaron.

En algún momento, hasta las fuerzas más contradictorias deberían priorizar el acuerdo a través del diálogo. Quién sabe la Argentina que tendremos dentro de un año o diez con la maraña de obstáculos por delante. Por eso, en el fondo, la dirigencia política debería entender que la chance de recuperar la credibilidad también pasa por considerar que el adversario no es enemigo. Un consenso que permita abrir esa burbuja y pensar de manera generosa en la reconstrucción del país.

En un Poder Legislativo tironeado por sus intereses, donde lo que prima es la necesidad de la hegemonía, Bullrich recordó algo fundamental que se olvida en el fragor de las bancas. En política, los proyectos sustentados en buenas ideas no tienen dueños, tienen beneficiarios. Un mensaje que no puede escaparse en este momento en el cual las figuras buscan invalidarse en una pelea de egos. La vida, por fuera de ese teatro de miserias, concierne a los problemas de sus representados, los ciudadanos.