Una reacción apegada a la realidad, un gesto de ubicuidad, palabras que sean atinadas. Todo eso que parece mínimo es, por estos días, difícil de encontrar en el discurso político que gira, más que nada, sobre sus problemas. La crisis económica del país está golpeando la razonabilidad de los dirigentes. Los ciudadanos les exigen que tengan la responsabilidad de estar a la altura. Lo básico, al menos, es que no digan barbaridades, no minimicen el problema, no tiren la pelota para atrás, no se hagan los sotas. Hay voces en el oficialismo que piden cordura para enfrentar la corrida del dólar. Están las de la oposición, que también, más allá de las ventajas que quieran sacarse entre sí en plena campaña, exigen sensatez. Argentina no puede permitirse que un candidato aclare que no puede ventilar las ideas que tiene porque tiene miedo de que no lo vayan a votar o que ya un presidente menosprecie la idea de tener un plan económico que nos permita saber hacia dónde vamos y qué costos tiene. La improvisación se paga caro. Y lo que sube con los precios y la moneda extranjera es un síntoma que se expondrá en las urnas. Será un castigo para un gobierno que decidió no hacerse cargo y un llamado de atención para que la próxima gestión no repita errores históricos.
La necesidad de estar a la altura del conflicto
