Brasil es la democracia más grande de América latina y está exponiendo al resto de los países los riesgos de una polarización extrema y sin precedentes en los últimos años. El resultado electoral ya fue avalado por los organismos correspondientes, pero una multitud salió a las calles desconociendo la derrota del actual presidente. Para peor, las imágenes mostraron una de las postales que los gobiernos siempre vulnerables de la región parecían haber dejado atrás, como ir a peticionar a los cuarteles.

La tensa situación del gigante sudamericano está dando, a su vez, una lección al resto. Hasta dónde se puede tirar de la cuerda del juego político. Las posturas extremas han copado las distintas campañas electorales que se han venido dando. Las posiciones de centro no parecen ser atractivas para el electorado. Y esto también conlleva un problema grave: las expectativas a menudo menos racionales y más emocionales de los seguidores de una fuerza. Si estas chocan con la realidad, entonces el descontento apremia.

El otro mensaje a tener en cuenta es que la “luna de miel” de un gobernante que llegó al poder es cada vez más exigua, corta, un
hecho que se dio en Chile concretamente.

Argentina tiene que ir a votar en el 2023 con un escenario similar. Un hartazgo sobresaliente que exige respuestas en el corto plazo y una grieta que, más que saldarse, parece tomar más profundidad.