Este miércoles, uno de marzo, la institucionalidad del país vive uno de esos momentos cumbre por el discurso del presidente en la apertura de las sesiones ordinarias del Congreso de la Nación.
Se trata de algo más que un acto administrativo o político. Es la foto coral de los tres poderes que componen la república. La principal dirigencia política y los referentes de la cúpula judicial acuden a escuchar sobre la situación de la Nación y lo que el Ejecutivo tiene para proyectar –en este caso, en su último año de gestión al frente del país– y, por qué no, reclamarles a los otros estamentos del Estado. Como sucede en la política argentina, marcada por una profunda división de afinidades políticas, que se han vuelto hasta emocionales, también ese recinto ha sido escenario de gritos y hasta insultos en otras épocas. Por eso, se espera que las palabras que dé el primer mandatario estén teñidas por la interna que sacude al oficialismo y apunten a las necesidades judiciales de la vicepresidenta.
En un año electoral, lo que se reclama a nivel de la calle es que se resuelvan los problemas macro que afectan a los argentinos. Pero el discurso presidencial hace rato que nivela hacia
abajo.
