No hay dudas de que la inflación es el gran drama a resolver, al menos, en el mediano plazo, ya que los milagros en economía no existen. Por eso, los candidatos se hacen prácticamente un ocho para explicar cómo podrían llegar a disminuir la espiral que, en términos anuales, está por encima de las tres cifras.

El problema de los precios tiene al Gobierno en un callejón sin salida. Por un lado, necesita, si no bajar, al menos, congelar los valores de las cosas. Por otro, tiene que inflar el bolsillo de los argentinos, porque dos semanas atrás les dio un piñazo importante con la devaluación de 22%.

Si el ministro a cargo de las cuentas públicas de la nación no fuera el principal candidato del oficialismo, no estaría atrapado en esta paradoja. La necesidad de ser competente hacia octubre ha gatillado un nuevo plan platita. Y esto implica una fuerte erogación del Estado cuando la destina a sectores vulnerables, como jubilados y beneficiarios de planes sociales, pero también con refuerzos para el sector privado y público que, incluso, deberán asumir las empresas privadas.

No hay nada en política sin un costo, que en este caso será económico, fundamentalmente. El precio de la devaluación nos arroja a más inflación. Es la serpiente que se muerde la cola.