Donde hay una necesidad, hay una avivada. Ese parece ser el lema de algunos comerciantes que encontraron en la falta de abastecimiento de las tarjetas SUBE una forma de especular y lograr un saldo favorable con los precios del plástico.

El cuento es prácticamente parte del folclore argentino cuando suceden este tipo de problemas y algún vivo se percata de que puede ganar más, en este caso, con un servicio público de trascendencia, porque es el que nos permite ir al trabajo o al hospital.

Todo esto es posible porque, de fondo, el problema es que las importaciones de insumos para este servicio no permiten un abastecimiento acorde. Todo lo que la economía macro no permite o dificulta, finalmente, decanta en problemas para los usuarios.

En los comercios mendocinos que venden esta unidad, las cifras han llegado a un absurdo por lo caro que se ofrecen. Pero, por otro lado, el problema es la falta de controles para evitar estos atropellos.

Las irregularidades no son nuevas para los pasajeros. Muchas veces hay que caminar más de la cuenta para conseguir crédito y, en algunos locales, cobran un plus para cargarlo.

La excusa es que los comerciantes no perciben una ganancia por la recarga y que tienen derecho a imponer un monto extra. Este tipo de situaciones no puede permitirse, pero sucede porque la autoridad lo avala. Deja el vacío y donde nadie vela por los derechos de los consumidores, entonces los vivos hacen la diferencia.