El kirchnerismo sigue sumido en su guerra santa contra la Corte Suprema. No hay otro tema de interés en la agenda del sector más radicalizado del Gobierno nacional y cercano a Cristina Fernández. El objetivo es ver cómo hacer para que la vicepresidenta logre zafar no sólo de la causa judicial por la que ya fue condenada y que ahora atraviesa la etapa de apelaciones hasta llegar al máximo tribunal. En juego, todavía están los demás procesos que la tienen como imputada; y, como en estos más de tres años no se logró un salvoconducto, la apuesta es a todo o nada para voltear a la Corte.

El resto del oficialismo deambula entre las aspiraciones presidenciales de Sergio Massa y la realidad paralela en la que vive Alberto Fernández.

El primero intenta construir un relato que lo erija como posible candidato, pero, hasta ahora, no le dan los números y la economía no es una cuestión declamativa. No alcanza con las tropelías discursivas de la vocera Gabriela Cerruti ni, mucho menos, con los favores a los empresarios amigos.

El segundo ha decidido mantener una actitud de parodia para con su propia gestión. El tema es que, en este caso, nadie se ríe y el país se está convirtiendo, poco a poco, en un territorio cada vez más sombrío y triste.