Apenas reacciones espasmódicas y llenas de guiños para la tropa propia, por un lado, y para quedar bien y mostrar algo de acción, para el resto. Las medidas tomadas en conjunto por el Ministerio de Economía y el Banco Central parecen no dar en el blanco, y están casi condenadas al fracaso, incluso, antes de entrar en vigencia.

No hay nada nuevo; ninguna decisión que apunte al fondo de la cuestión o que marque una hoja de ruta para obtener resultados a mediano y largo plazo. Al contrario: es un intento recurrente de querer tapar una pérdida enorme apenas con pequeños parches.

La inflación es un fenómeno prioritariamente monetario. Y hasta que no exista un sinceramiento por parte del Gobierno de que la emisión descontrolada produce efectos nefastos, nada de lo que se intente dará resultados. No es ni un complot internacional ni una confabulación de empresarios ni un problema de autopercepción, como le gusta decir a Alberto Fernández.

El problema es la cantidad de pesos en la calle. Billetes que cada vez valen menos. De eso se trata. De la pérdida del poder adquisitivo. Reconocerlo implica salir a dar la cara y asumir que durante años se construyó un relato equivocado. Y nadie está en condiciones de hacerlo.