La democracia en América latina es una pulseada que se juega todos los días en más de una faceta de la vida republicana. La principal tiene que ver con la salud de las instituciones, la transparencia y el control entre los tres poderes. Cuando uno de estos quiere avanzar sobre el otro, comienza a producirse ese desequilibrio.
Es uno de los males más evidentes, tanto en Argentina como en otros países, donde hay un desprecio por esa balanza necesaria. Ni hablar de la corrupción, que ha empañado procesos políticos y ha enlutado con vidas a los gobiernos.
Los hechos más recientes ocurridos en Perú, con la destitución de Pedro Castillo, tras intentar un autogolpe, son de los momentos críticos que hacen tambalear la vida de los países. Y termina de reflejarlo Brasil, una sociedad políticamente dividida en blanco y negro, en la que resurgió la intolerancia con reclamos que ya parecían sepultados en el tiempo, como un golpe militar porque su candidato no venció en las urnas, donde corresponde.
Está claro que la democracia se gana todos los días, tanto en la calle como en los despachos oficiales, pero, de igual manera, sigue siendo vulnerable en tanto se profundizan desigualdades estructurales, como la pobreza o la injusticia. Defenderla no es para un relato que sólo convenza a los propios, pero no deja de mostrar las fisuras. En tiempos de posverdad, hacen falta gestos concretos que reduzcan las brechas que nos hacen vulnerables.
