Cualquier gobierno debería tener cierta capacidad de autocrítica para reconocer las cosas que se hacen mal durante una gestión. Parece utópico, puesto que la política siempre tiende a evadir o edulcorar la realidad apremiante o los goles en contra a través del discurso. No reconocer que la inflación es el principal problema de los argentinos, viniendo desde el Gobierno nacional, implica más que una operación de sentido con la que se intenta convencer a alguien. A la ausencia de cuestionamientos internos se le suma otro error, que son las provocaciones. Sucedió hace unos días cuando el presidente afirmó que, precisamente, la cuestión inflacionaria no es algo tangible que puede verse en las góndolas, mes tras mes, semana tras semana, sino una percepción creada en la cabeza de los consumidores. Años atrás, cuando la papa caliente era la inseguridad, otro ministro kirchnerista declamaba que esa emergencia delictiva era sólo una sensación y no una amenaza real que modificaba los hábitos de vida de la población. Corridos por los precios, los argentinos también hemos sido obligados a dejar de consumir algunos productos, a apelar a las segundas marcas y aferrarnos a
los días en que salen las ofertas.
Menospreciar los indicadores es tan peligroso como manipularlos o hacer de cuenta que algo no existe, simplemente, porque no se mide.
