Definitivamente, Argentina es un país extraño, que construye su destino a fuerza de decisiones que son, al menos, llamativas, y que buscan soluciones en las mismas personas que crearon los problemas. O, que al menos, los alimentaron.
Que Sergio Massa, ministro de Economía, responsable de haber superado holgadamente una inflación interanual de más de 130 puntos, tenga chances de ser presidente, no tiene una explicación desde el punto de vista lógico. Después se verá el componente religioso que tiene el peronismo. Pero, en el sentido común, no hay forma de encontrar argumentos válidos.
De todos modos, Massa es sólo un exponente del Gobierno de un ya retirado Alberto Fernández, titular de la que, tal vez, sea la peor gestión desde el retorno de la democracia. El problema no ha sido sólo el rumbo económico, sino el desmanejo en políticas de salud, seguridad, trabajo y derechos humanos.
Aun así, el oficialismo entró al balotaje, con chances claras de poder revalidar por cuatro años más el mando del Poder Ejecutivo.
Del otro lado, un Javier Milei que no deja de ser un gran signo de interrogación, quien logró convertirse en la principal alternativa opositora a pesar de la lucha de poder interna que fagocitó a Juntos por el Cambio y lo redujo a un papel de espectador, con sus votantes teniendo que hacerse cargo de inclinar la balanza hacia un lado o hacia el otro. Y, del mismo modo en que el país carece de toda lógica, estas decisiones, también.
