“Se terminó para mí la Selección. Es increíble, pero no se me da”. ¿Se acuerda de esa frase, señor Messi? Parece prehistórica, pero la dijo hace poco más de seis años, más precisamente el 27 de junio de 2016, en la zona mixta del MetLife Stadium de Nueva Jersey. Habíamos perdido la final de la Copa América Centenario con Chile y para usted fue demasiado.
¿Recuerda lo que pasó después, señor Messi? En un país que vive en una grieta eterna, hubo por fin unanimidad: todos pedimos que lo pensara, que lo intentara nuevamente, que no se diera por vencido.
“Amo demasiado a mi país y a esta camiseta”. Seguramente esas palabras las tiene presente, señor Messi. Las escribió en un comunicado que dio la vuelta al mundo el 12 de agosto de 2016, donde anunciaba que lo había pensado, que lo intentaría de nuevo, que no se daba por vencido.
¿Es consciente, señor Messi, que si no lo pensaba, si no lo hubiese intentado nuevamente, si se daba por vencido, toda esta hermosa locura que atravesó el país durante casi un mes, y que se multiplicó este domingo, no sería posible? Y lo digo antes de la final ante Francia, sin importar el resultado, sin la absurda exigencia de una victoria, sin darle bola a las acusaciones de “mufa” que me llegarán.
“Ojalá podamos darle alguna alegría pronto”, agregó en esa carta al pueblo argentino. Ahí creo que se equivocó feo, señor Messi, aunque valoré sus buenas intenciones. El camino transitado hasta las finales que perdimos estuvo plagado de alegrías. En mi caso, que la copa y los festejos sean ajenos nunca modificaron esa sensación.
Ya jugó más de mil partidos, así que para usted probablemente fue uno más. Por eso, por si se le olvidó, le cuento señor Messi que su vuelta a la Selección fue en Mendoza. Fue el 1 de septiembre de 2006, ante Uruguay. Con el pelo teñido rubio, hizo un gol, tiró un caño antológico y se calentó con el árbitro por la expulsión de Dybala. Pero lo importante fue verlo de nuevo con la albiceleste. Sólo con eso, ya estaba pagada la entrada. El resto fue sólo estadístico y anecdótico.
Dos años antes ya había estado en Mendoza. Fue también ante Uruguay, el 12 de octubre de 2012. ¿Se acuerda del partidazo que jugó esa noche en el Malvinas Argentinas, señor Messi? Como ha jugado tantos partidazos, capaz no recuerda que hizo dos goles y que el último marcó un quiebre para el fútbol mundial.
¿Cuántos futbolistas son capaces de generar cambios sustanciales en el juego con sólo una acción? Usted lo hizo cuando tuvo un tiro libre a favor en el borde del área uruguaya y se le ocurrió pegarle al ras del suelo, imaginando que la barrera iba a saltar para evitar un disparo al ángulo. Imaginó bien, señor Messi: ellos saltaron y la pelota terminó en el fondo del arco.
Es cierto: no fue el primer gol de ese estilo, pero sí el que sin dudas popularizó el “cocodrilo”, “lagarto” o como quiera llamarlo, señor Messi. Desde esa decisión suya, la estrategia de poner un jugador tirado detrás de la barrera se viralizó.
Desde su regreso a la Selección en un Malvinas Argentinas colmado por 44 mil almas hasta la final del Mundial de Qatar 2022 ante Francia, en el estadio Lusail, con el doble de personas sufriendo y disfrutando, pasaron 2.299 días. En el medio hubo grandes decepciones (Rusia 2018) e inmensas alegrías (Maracaná, 2021). Sin embargo, lo importante es que siempre estuvo. Así que pase lo que pase, muchas gracias, señor Messi.
