Cerramos los ojos. Nos persiguen, desesperamos porque las piernas son lentas y tenemos miedo. Estamos en una cancha, en un hospital, aparecemos en una iglesia. ¿Qué hago en una iglesia? Abrimos los ojos, miramos el atrapasueños y ojalá no atrape nada. Caminamos hasta el baño y vemos de reojo la balanza. Tenemos sed, tomamos agua, agua sin gas, mejor sin gas.

    Encendemos la hornalla y buscamos la leche descremada, mejor descremada, por las calorías, por la balanza que recién miramos al pasar. Buscamos el café, pensamos en el banco, en las cuentas, que la luz, que el gas, que el teléfono, que cómo nos meten el perro los del teléfono. Que hay que reclamar, pero no tenés ganas de reclamar, que se hierve la leche mientras revolvés con la cucharita el café. Mejor galletas de salvado antes que el pan.

    Que sin manteca, que con manteca, que las calorías, que la balanza de nuevo. El reloj está muerto en las dos de la tarde aunque son las nueve. Son las pilas, a la tarde las cambio. Tiramos la leche en el café, en el café descafeinado porque es más sano, que es cancerígeno, que no es cancerígeno. Edulcorante o azúcar. Mejor azúcar, más sana, no tan artificial. Prendemos la tele, apagamos la tele, porque son tres canales y porque no hay fútbol.

    Miramos por la ventana y las plantas se están muriendo a pesar del agua, a pesar del sol. Demasiado sol, tal vez. Nos miramos al espejo, que hay que afeitarse, que la autoestima, que la presencia. Con máquina eléctrica o con prestobarba, con jabón nomás o con espuma, aunque al final da lo mismo si sangrás igual. Con agua caliente o tibia o fría, porque el calefón se agota rápido. Debo esperar o me meto con el agua helada a la ducha.

   Me enfermo o estoy sano, falto al laburo o tengo asistencia perfecta. Agua fría y asistencia perfecta. Rindo las cuentas, hago horas de colas y leo algo en la fila para matar el tiempo. Levanto la cabeza, miro dónde están los guardias y pienso el mejor plan para afanar ese banco. Fantaseo un rato y caigo frente al cajero: pago los impuestos, llego tarde al otro banco, discuto con cretinos de saco y corbata.

    Y estaría bueno agarrarlos de la corbata y darles un swing de derecha. Hasta las once era, te dice con cara de nada, y son las once y tres. Voy al café con los muchachos, reímos, discutimos de Boca, de River, de la Selección. Que Maradona, que Bilardo, que el enquistado Don Julio. Nos enojamos primero y nos relajamos después, cuando pasa una morocha hermosísima por la vereda.

    Volvemos las cabezas y volvemos a la pelea, revolvemos el cortado, con azúcar, mejor con azúcar. Nos vemos el martes, nos saludamos. ¡Qué bueno que nos vemos el martes! Se nos pasa el bondi, lo puteamos en la ventolera y pensamos en un taxi. Mejor no. Caminamos por la Alameda, por la sombra de la Alameda y llego al departamento. Corremos las plantas, prendemos la tele y el alquiler. Pasado mañana se vence el alquiler.

    Que Susana aparece en bolas, que está gorda, que no está gorda, que hace dieta, que el fotoshop, que tiene como setenta años, que lo hizo a propósito, que sí, que no… Dios, tenemos ganas de tirarla por la ventana, a la tele, a Rial, a todos los imbéciles que están ahí. Apagamos, sacamos unos discos, Divididos, León, Los Tipitos, la Gata Varela. Ahí queda, la Gata es una genia. Te dicen que el tango es triste, pero vos sabés que no.

    Nos sentamos en el puff, mejor acá que en la silla, porque la silla está rota. Tengo que conseguir una mesa y unas sillas nuevas. De madera, negras. Que con la tarjeta, que con los ahorros, que me quedan pocos ahorros. Muy pocos. De nuevo miramos por la ventana y el cielo es azul. “Que cosas hermano que tiene la vida”, canta la Gata. La recordamos. La recordamos porque todavía la queremos.

    La recordamos porque todavía la queremos y no se lo decimos. Y la recordamos porque todavía la queremos y no se lo decimos porque ella ahora tiene su vida. Hace rato. Sin embargo la pensás. Y ella, seguro, ni se lo imagina. Comemos liviano, una siesta, una ducha y otra vez a la oficina. Llegamos temprano, asistencia perfecta, cumplidor. Estamos cansados de cumplir así tan perfectos. Un día vamos a faltar, por la fiaca o porque sí.

    Menos mal que mañana es martes, porque los martes revivimos. Discutimos de los balances, corregimos con color rojo, luego con negro, luego cerramos las cuentas. Atendemos el teléfono así nomás o con manos libres. Que los clientes, que el Iva, que el Cuit, que el Exel falla. Que la AFIP, que las boletas A, B, C. Que los mails, que el Facebook, que el Facebook es buchón de la CIA, del FBI, de la SIDE, que el Messenger se acaba, que Yahoo o Hotmail. O Gmail.

    Que las cadenas, que si no mandás el mail a otros 25 pelotudos como vos tendrás 10 años de mala suerte y te abandonarán. Que dios, que la virgen, que los santos, todos juntos en la web. Cerrás con el botón izquierdo y después con el derecho. Las cuentas, los números, las ocho y media. Menos mal, a las nueve nos vamos y mañana es martes. Cruzás la calle por la mitad, que te dicen siempre que no, que por la esquina y te suena un mensaje del celular.

    Lo abrís ansioso, con esperanzas de que sea ella y dice: Su saldo está por agotarse. Siempre el saldo está por agotarse. Menos mal soñaremos algo y mañana es martes. Y llega el martes. El atrapasueños, la balanza, el café, el azúcar, las plantas, la tele, los impuestos a los que no llegué, otra fantasía con el banco, esta vez Rial no, esta vez Divididos sí, esta vez Narigón del Siglo suena al palo.

    Es que llegó el martes y el martes a la noche, después de la oficina somos más libres. Sin tantas responsabilidades más que la de dar la pelota bien, redonda, exacta a veces. Cinco contra cinco. Menos mal que estamos todos, dice el Fabián. ¡Dale Fabián, sacá que me estoy cagando de frío!, le grita el Flaco. Empieza el juego y nos olvidamos de todo. Menos mal que es martes porque arrancamos por derecha y metemos una pausa, levantamos la cabeza y están mis amigos esperando a que se las dé.

    “Acá gordo, acá, por la misma”, me grita el Tato y ahí va, Tato, tomá, hacé el gol. Y gol del Tato, le da con la derecha, aparatoso, pero es gol al fin. Nos abrazamos, aplaudimos, nos reímos y olvidamos la semana por completo. Estamos en lo nuestro, nadie nos jode, nos reclama, nos plantea. No cumplimos horarios, ni discutimos… si vamos ganando, claro. Porque cuando vamos perdiendo, a veces nos peleamos y como eso se parece al resto de la semana, metemos un poco, tiramos un caño, la picamos por arriba del arquero y listo.

    Ya somos libres de nuevo. Qué bueno que está picarla, siempre el Gonzalito me dice lo mismo y a él le sale mucho más que a mí. Igual yo busco el hueco, mejor a la derecha, para que se corran y cuando enganchó a la izquierda, tac, queda el espacio y entra el Bocha para la definición. Esas son nuestras decisiones el martes, el martes a la noche. Y qué mierda me importa ahora, acá, que el saldo esté por agotarse.

    Somos Maradona, somos Bochini, somos el uruguayo Alzamendi, como dice el Fede. Somos ídolos, somos desconocidos. Somos nosotros. La pelota rueda, ganamos o perdemos. Qué más da. Pero estamos seguros de algo una puta vez en la vida: el martes siempre ganamos. El porrón helado, que las minas, que el segundo lo hicieron con la mano. Nada importa. El martes a la noche siempre ganamos todos.