“¿No les pasó que el partido anterior lo disfrutaron más? Este fue más tranquilo”. La reflexión de una compañera de trabajo me asustó. Sobre todo porque tiene razón. Contra Holanda (perdón, me cuesta decirle Países Bajos), la alegría fue proporcional a la tensión. Desmedida. Desquiciada.
Frente a Croacia fue otra cosa. Tal vez por el rival (contra Brasil seguramente hubiese sido todo muy distinto) y por los antecedentes inmediatos. Los europeos de simpática camiseta ajedrezada juegan lindo, pero difícilmente iban a traspasar la barrera Dibu-Cuti-Otamendi. Así que ni siquiera cuando ese crack con poca pinta de futbolista llamado Luka Modric y sus compañeros movían la pelota de un lado para el otro aparecieron los nervios.
Fue mucho más grande el susto que me (nos) dio nuestro capitán cuando comenzó a tomarse la parte posterior de su pierna izquierda en el primer tiempo. “Se rompió”, pensé, como tantos miles. Porque no podía ser todo tan bueno para los argentinos. Porque somos los campeones mundiales del sufrimiento y algo malo tenía que pasarnos. Insulté por lo bajo y por lo alto. El pesimismo me invadió. Podíamos ganar ayer y ser campeones el domingo. Pero sin Messi en la cancha, no sería lo mismo.
Confieso que verlo patear el penal con esa fiereza me calmó un poco, pero no tanto por lo que significaba ponerse en ventaja en una semifinal de Mundial. La tranquilidad fue, principalmente, porque era la señal de que su bendita pierna izquierda podía soportar el dolor.
El gol de Julián llegó casi por decantación. El plan iba por el camino correcto. Esta vez, el 2 a 0 mataba el partido. Croacia no tiene gigantes como Holanda, y estaba desgastada. “Es fútbol, puede pasar cualquier cosa”, intenté convencerme para bajar la confianza. No hubo forma: el pase a la final ya estaba cerrado.
Mi única preocupación siguió siendo Messi. Y creció cuando, antes de empezar el segundo tiempo, elongó y se tomó la pierna. Juro que esperaba que Scaloni lo sacara. Menos mal que no lo hizo: el mundo se hubiera perdido la maravillosa obra de arte que armó para el 3 a 0.
“Estamos tan acostumbrados a sufrir que cuando llega una persona y nos trata bien, con respeto y nos brinda su cariño, todo nos da miedo”, reza una frase que encontré googleando. Y, como mi colega, también tiene razón. Así que deje de tratarnos tan bien, señor Messi. Tengo miedo de extrañarlo demasiado desde el lunes.
