Hace un mes estuve en Córdoba invitada por un grupo de mujeres jóvenes que organizaron un encuentro llamado “Stop, tiempo de mujeres”, al que asistieron más de ciento veinte. La idea era abordar la necesidad que tenemos las mujeres de frenar y repensar cómo vivimos nuestra vida. Durante la mañana hicimos ejercicios de autoconocimiento con la orientación de una experta: María Sahade. Luego de un bullicioso y alegre almuerzo al sol, fue mi turno de exponer sobre el modelo de mujer que proponemos en la revista Sophia desde hace más de diez años: una mujer autónoma, moderna y espiritual a la vez. Para no dejar dudas de que el mensaje sigue siendo el mismo, llevé un ejemplar de la revista de octubre de 2003 cuya tapa resume, tal vez como ninguna, el espíritu de Sophia. Muestra a una mujer pensativa y el texto dice: “Hay otra vida… desde el alma”.

Para entender mejor cómo las mujeres llegamos a esta situación de tantas exigencias, recurrí a la historia del movimiento feminista, que a fines del siglo XIX inició la mayor revolución social de la historia, ya que se refiere a la mitad de la humanidad. Las mujeres accedimos por primera vez a la educación terciaria –derecho que se nos había negado hasta entonces– y luego al trabajo rentado, y solo desde esa mínima libertad pudimos empezar a cuestionar el patriarcado. Luchamos por conquistar nuestros derechos civiles, políticos y económicos, votamos y fuimos elegidas, ganamos más y más reconocimiento y espacios de poder. En el siglo XX las mujeres occidentales dejamos el ámbito privado de nuestras casas para salir al mundo, un mundo masculino, hecho por varones, no por nosotras.

Por eso, me parecía importante recalcar que los actuales estereotipos de mujer que se muestran en los medios siguen siendo modelos hechos por los varones (incluidas sus fantasías más machistas): el tradicional y milenario de “ama de casa y madre de familia ejemplar”, el de la “profesional exitosa y masculina” de los ochenta y el de la “mujer objeto bella y sex symbol” más reciente, propio de la cultura de la imagen. Para muchas de las asistentes, que asentían con la cabeza, había que cumplir con todos esos mandatos, y al mismo tiempo.

Una vez detectado el patriarcado detrás ese bombardeo de exigencias ajenas, les propuse cuestionar todos los mandatos, y silenciar esas voces exteriores que nos hablan desde los medios, la publicidad, y hasta dentro de la propia familia, para conectarnos con nuestra alma. Más allá de lo que diga el mundo exterior, la voz interior es la única que puede guiarnos, porque vivir según mandatos exteriores es precisamente lo que nos hace sentir “enajenadas”, que es lo mismo que “fuera de sí”, fuera de nuestro centro, fuera de “casa”.

Mujeres “nativas masculinas”

Terminada la charla, entre muchos saludos, una mujer muy joven esperó hasta quedar a solas conmigo, y tratando de esconder las lágrimas detrás de sus anteojos oscuros, me dijo con una sonrisa: “Gracias por lo que nos dijiste hoy. Yo vine acá porque estaba muy mal y no sabía por qué, porque en mi vida todo estaba perfecto… ahora entendí y eso me dio mucha paz”. Me enterneció su confidencia tan honesta, tan privada… la abracé y nos despedimos. Eso fue todo.

Lo que les había dicho me parecía simple y básico, ninguna genialidad: volver a nuestra interioridad, a nuestra alma es lo que nos trae paz, así como estar fuera de ella es lo que nos perturba y a la larga nos trastorna o nos enferma. Por eso, detrás de la espontaneidad de sus lágrimas y su testimonio, me pareció entrever que hay una nueva generación de mujeres jóvenes que casi no sienten añoranzas de esa “otra vida, desde alma” porque no tienen un registro consciente de esa vida interior, que sin embargo asoma en seguida, con una simple mención. “Cuando ves lágrimas, ves el alma”, dice Thomas Moore. Muy cierto.

Pensé que debe de haber muchas mujeres jóvenes que, como ella, no saben lo que les pasa porque son hijas de una cultura masculina, basada en la racionalidad en contraposición a la intuición femenina; que viven una vida hecha de objetivos y de conquistas en el mundo exterior, y ajena al sentido espiritual de su alma. Mujeres que nacieron con el mandato de salir al mundo a competir con los varones como iguales. A diferencia de las de mi generación, que vivimos fuertes conflictos con esos mandatos enloquecedores, que terminaron en muchos divorcios, ellas son “nativas masculinas”. Aprendieron de sus padres y madres, pero sobre todo de los medios y de la cultura laboral, a pervertir lo femenino, a desestimar la intuición y a encubrir su alma y sus emociones detrás de una maciza coraza racional, tanto que transcurrido un tiempo, ya ni tienen noticias de aquella vida…

Ensanchar la tienda – Punto de vista, Revista Sophia 150 Junio 2014, por Cristina Miguens, Editora Responsable

Volver a casa

Pero el espíritu de lo femenino insiste en hacerse notar en medio de la cultura masculina, aunque para ello deba recurrir a enfermedades psicosomáticas, cánceres, tumores, infartos, adicciones, angustias, pánicos, manías y depresiones, y aun a la violencia. El desequilibrio entre lo femenino y lo masculino ha sido largamente denunciado por psicólogos y sociólogos del siglo pasado y actuales. Marion Milner, psicóloga, escritora y psicoanalista inglesa, lo estudió en sí misma y plasmó sus reflexiones en un libro, en 1934, que sorprende por su actualidad:

Creo que lo más conveniente sería considerar mis dificultades como la falta de comprensión de que cada personalidad humana tiene dos lados, que cada hombre o mujer es potencialmente tanto masculino como femenino. (…) La mayor parte de las personas que yo conocía (tanto hombres como mujeres) habían creado un culto al intelecto “masculino”, es decir, al razonamiento objetivo como contraposición a la intuición subjetiva. Aparentemente, yo había sido sumisa ante esta tendencia y había aceptado la suposición de que los símbolos lógicos eran “reales” y que todo lo demás era solo “cumplimiento de deseos”. Por lo tanto, durante años había luchado por hablar en un lenguaje intelectual que para mí resultaba estéril. Había luchado por forzar los sentimientos de mi relación con el universo en términos que no iban a encajar. Porque yo no había comprendido para nada que la actitud femenina hacia el mundo era realmente tan legítima intelectualmente y biológicamente como la masculina; solo debido a que nunca hasta entonces había sido adecuadamente comprendida, y por cierto no se había comprendido a sí misma, siempre tendió a otorgar a sus símbolos mitológicos y religiosos una reverencia y una validez especiales.1

Transcurridos tantos años, la actitud femenina sigue sin ser comprendida y, por eso, sigue sin tener un lugar en la cultura patriarcal: algunos de sus aspectos se manifiestan en los artistas, los creativos y los homosexuales, pero no en el mainstream cultural. Lejos de haber concluido, este debate hoy convoca a muchos varones que cuestionan los estereotipos masculinos del “macho conquistador, guerrero, predador y proveedor” y que se suman a las mujeres para reivindicar una cultura que haga lugar a otros valores, como la sensibilidad, la intuición, la solidaridad y el respeto por las minorías y el medio ambiente, sin que eso sea visto como signo de debilidad o de ser una “mujercita”.

Para los griegos, la psiqué, el alma, es la vida misma, la “vida viviente”. No existe la vida sin la psiqué. Los Evangelistas usan esa palabra para referirse a la vida divina, aquella a la que nos conduce el Espíritu de la verdad, ese que Cristo prometió enviarnos siempre. No hay gurúes, ni maestros, ni intermediarios que puedan darnos recetas, y tampoco nadie que pueda hacer ese camino espiritual por nosotros, porque es la Vida misma, la Verdad, la que se manifiesta en nuestro ser más íntimo.

Winnicott sostuvo que el ser debe preceder al hacer; si no, el hacer no tiene sentido. No se trata de volver atrás en el tiempo, de volver a la casa física, sino de que varones y mujeres volvamos a nuestra alma, donde se manifiesta nuestro verdadero ser, y solo desde ahí salgamos al mundo para hacer entre todos un lugar mejor. Porque, inspirándome en Winnicott, creo que el Alma es nuestro verdadero hogar y, por eso, nuestro punto de partida.

1 Marion Milner, A Life of One’s Own, Londres, Virago Press, 1986 (1a edición: 1934).