Una vez, una arquitecta de Nueva York me dijo que yo era una empresaria que, casualmente, era artista, y me identifico bastante con esa definición. Cuando empecé la carrera de Ilustración en Estados Unidos, encontré una combinación ideal para lo que quería hacer: unir lo creativo con el mundo de los negocios. Hoy agradezco poder ganarme la vida haciendo lo que me gusta. Me rompo el alma trabajando, pero vale la pena”. La ilustradora argentina Fernanda Cohen habla desde su escritorio en un dúplex de Palermo, articula ideas y desanda el camino recorrido con la misma frescura y energía desbordante que reflejan sus diseños. Con una lata de gaseosa en la mano y la confianza que le ha dado producir una pila de trabajos para los medios y las marcas más prestigiosas del mundo, esta chica que pasó su infancia dibujando a Mafalda, habla rápido y deja caer ideas y proyectos a cada paso. A los 32 años, pisa fuerte en el ámbito de las artes visuales en Nueva York y tiene una hoja de ruta que deja con la boca abierta a espectadores y expertos por igual.
Nacida y criada en un piso veinte de un edificio del barrio de Recoleta en Buenos Aires, Fernanda creció rodeada de sus cuatro hermanos varones, y cursó el secundario en la escuela ORT, donde siguió la especialidad en Diseño industrial y obtuvo un título de Técnica. A los 20 rumbeó hacia Nueva York para cursar la carrera que la proyectaría como una de las ilustradoras más prometedoras de su clase. Hija de empresarios, en 2000 comenzó la carrera de Ilustración –que hasta hoy no existe en las universidades argentinas– en la prestigiosa School of Visual Arts de Nueva York. Su notable debut laboral ocurrió el domingo posterior a su graduación, a los 24 años, cuando llamó a su mamá, Sara, para contarle que uno de sus dibujos ilustraba una de las páginas de un gigante: The New York Times.
Un año más tarde, en 2005, Fernanda aparecía como responsable de la portada de la revista de ese diario y era convocada para ilustrar la campaña anual de Ikram, la boutique de alta costura donde se viste Michelle Obama. Ahora lo recuerda entre risas: “Cuando me llamaron para ilustrar las doce tarjetas de moda de Ikram, yo estaba dibujando una serie de gordos que comían apasionadamente. Venía de recibir un importante premio por un dibujo en el que unos nenes honraban un brócoli –en un país donde los chicos no quieren saber nada con esa verdura– y no entendía nada. Nunca había hecho algo con moda, pero acepté y así nacieron algunas de mis mejores imágenes en un campo que para mí era virgen. Finalmente, terminé haciendo la campaña completa de 2006 y pinté las vidrieras del local. Con el tiempo vinieron varias propuestas de trabajo más para hacer murales e ilustrar campañas, remeras y objetos de firmas de la Argentina, Inglaterra, Alemania, Australia, España y Estados Unidos”.
Desde que se convirtió en una profesional del medio, Fernanda pasó días y noches trabajando sin descanso. Planificaba, bocetaba y dibujaba sin parar, iba de reunión en reunión, y así logró conectarse con directores de arte de revistas, editoriales y agencias de publicidad, hasta convertirse en una de las artistas comerciales –como se define sin vueltas– más solicitadas. Hoy, en su lista de clientes aparecen The Guardian, The New Yorker, Cosmopolitan, Oprah, Coca-Cola, Tiffany & Co., Gap, Carolina Herrera, CNN, MTV y Nokia, entre otros.
En el transcurso de esos años, Fernanda se casó con un creativo norteamericano con el que estuvo en pareja durante seis años y del cual se separó antes de regresar a Buenos Aires, a comienzos de 2011. Actualmente, dicta seminarios y da conferencias sobre ilustración en la Universidad de Palermo, en Buenos Aires, trabaja para casas de diseño y publicaciones locales, y vuelve a menudo a la Gran Manzana, donde todavía tiene montado su estudio de diseño e ilustración.
Por lo que puede leerse entre líneas, el año pasado necesitaste pegar un golpe de timón. ¿Qué te trajo de regreso a Buenos Aires?
Hubo un momento muy concreto, a mis 30 años, en el que sentí que necesitaba cerrar una etapa. En el plano profesional, en Nueva York me iba genial, no me faltaba trabajo y había logrado hacer ilustraciones para las firmas más importantes. Pero también empecé a pensar en la posibilidad de volver a vivir en mi ciudad con el que era mi marido y del cual, finalmente, me separé antes de venir. De pronto, pude ver con claridad, más que lo que quería, lo que ya no quería, y me di cuenta de que quería seguir siendo argentina, pasar más tiempo acá, en mi país. Necesitaba estar cerca de mi familia y trabajar en Buenos Aires, ver qué podía aportar desde mi lugar.
¿Te separaste y te mudaste?
Sí, tomé la decisión de separarme y fue muy difícil. La separación me dejó un vacío tremendo; aunque haya sido yo la que tomó la decisión, fue muy doloroso. Siempre fui optimista y alegre, pero durante un tiempo, hablaba y se me llenaban los ojos de lágrimas, bajé mucho de peso y tuve que atravesar tres o cuatro meses muy intensos. Por primera vez no trabajé, me permití estar mal y, con ayuda de la terapia, poco a poco fui mascando hasta que se empezó a ir el mal sabor y empecé a sentir los buenos sabores que tenía antes. Hoy puedo decir que la tormenta pasó… Para que el arco iris salga, tiene que llover. Es así, no queda otra.
¿La Buenos Aires con la que te encontraste es diferente a la que dejaste cuando te fuiste a Nueva York?
Desde que me fui hasta que volví, yo cambié y Buenos Aires también cambió. El estilo de vida de los argentinos es único por muchos factores, sobre todo culturales y humanos. Hay una forma de disfrutar la vida y una calidez que muchas culturas no tienen o no entienden. También, a veces, hay un relajo por disfrutar tanto de la vida (se ríe). Si uno puede combinar lo mejor de ambos mundos, es ideal. En Estados Unidos, la eficiencia y la ética son muy importantes, y acá se valora mucho la cultura y los cafecitos o asados con amigos, que son fabulosos.
Pero ¿nos ves relajados?
–Bueno, la palabra no es “relajados”, sino distendidos, más allá de las crisis y todo. Buenos Aires siempre fue caótico, y eso tiene cosas buenas y malas. Ahora soy más grande y veo las cosas de un modo diferente. Hay cosas que no me gustan. Desde que volví, trato de no leer el diario local, mirar tele o escuchar radio. No es que no me interese lo que pasa en general, pero siento que hay mucha vulgaridad en la difusión de lo popular. Demasiadas minas mostrándose y muchas cosas que siempre existieron, pero que ahora percibo más; mucha pavada. No me gusta lo vulgar, no me gusta escuchar a un montón de gente hablar de nada.
¿De qué manera dirías que te abrió la cabeza irte a vivir a Nueva York a los 20 años?
Lo que me abrió la cabeza fue salir del nido familiar. Tener que lavar el baño y ocuparme de algunas otras cosas me dio una madurez que estoy segura de que no habría tenido si me hubiera quedado muchos años viviendo acá, envuelta en la protección que da la familia. Vivir en una ciudad tan cosmopolita, competitiva y cruel como Nueva York te posiciona en un lugar diferente, te da un filo y cierto carácter. Porque ahí te hundís o sobrevivís.

Vos contaste que de chica eras tímida y callada. ¡Ahí también hiciste un gran cambio!
Sí, era tímida, y ahora hablo hasta por los codos. La timidez es una característica recurrente entre los artistas. No se trataba de que no tuviera amigos, pero sí era más para dentro. Hoy puedo decir que la comunicación me interesa muchísimo; por eso, escribo notas y doy clases o dicto conferencias. Me encanta enseñar y transmitir lo que pueda. Siempre estoy tratando de conectar o unir gente que me parece valiosa. En las clases que doy en la universidad, en Estados Unidos y acá, lo que más me interesa transmitirles a los alumnos es lo que siento que a mí no me dieron cuando estaba estudiando: los ayudo a ver cómo promoverse, cómo armar los portfolios y llegar a los directores de arte para conseguir trabajo. Este trabajo es muy competitivo, hay mucho talento e información circulando y es importante encontrar un camino para entrar, llamar la atención, destacarte entre otros.

¿En qué te inspirás para hacer tus dibujos?
A los alumnos de la universidad siempre les digo que uno tiene que dibujar sobre lo que conoce y entiende, porque sale mejor. Me refiero a lo que entendés desde adentro, no superficialmente. Yo dibujo a partir de lo que sale desde mi interior hacia fuera. Cuando trabajás a partir de temáticas que te inspiran, sacás lo mejor de vos; es así. Hay gente que sale a buscar afuera ideas que puedan ser atractivas. Yo no, yo me guío por lo visceral; todo está relacionado con inquietudes y búsquedas mías muy personales.
¿Cuál dirías que es el rasgo más personal que tiene tu trabajo?
La sexualidad. Mi interés por la sexualidad es lo que más me deschava, y también el optimismo… Mis imágenes son siempre claras, nunca densas. Me identifico con la idea de que mis dibujos son femeninos, burbujeantes, pícaros y sexuales. Como no me gusta lo vulgar, ninguno de ellos es explícito, pero el tema me interesa y hay medios que me llaman siempre para ilustrar los artículos sobre sexo. Ahora estoy por sacar un libro sobre sexualidad femenina que escribí e ilustré, con la colaboración del sexólogo Juan Carlos Kusnetzoff. Nunca había explorado el campo de la historieta y estoy encantada. Si el personaje funciona, tal vez pueda crecer. Es un proyecto que me gusta mucho.
Y a la hora de proyectarte, ¿cuáles son los desafíos ahora?
Hoy por hoy, me gusta la idea de estar también en la trastienda de lo que es la ilustración, seguir dando clases y fortalecerme como un eslabón firme dentro de esta cadena que es la ilustración a nivel internacional y local. Es algo que hice mientras vivía en Nueva York, donde me convertí en un personaje que estaba un poco en todas partes y abría puertas a otros ilustradores, porque allá no era sólo promocionar mi trabajo.
Por último, ¿cuál es tu visión de las mujeres como ilustradora y como mujer?
Me divierte observar, entender y dibujar las curvas de la mujer en todos sus matices. Me identifico con la sensualidad femenina en su estado más crudo, aunque no explícito. Como ilustradora siento que mi trabajo es muy femenino, combinado a la vez con una fuerza de fondo más bien masculina.
