Viajar en colectivo, en micro, es una fuente inacabable de anécdotas si se tiene el ojo y el oído entrenados. A veces nos quedamos sin saber el final de la historia, casi que dan ganas de decir a quien relata que apure el desenlace pero el pudor puede más y entonces se abren dos opciones: o nos quedamos con la duda sobre cómo termina o seguimos de largo y elegimos caminar algunas cuadras de regreso y escuchar. Una tercera posibilidad es tratar de imaginar el final o, por caso, el principio si es que ya la agarramos empezada.
La semana pasada tuve un par de oportunidades de estas y una de las historias llegó hasta el remate: un muchacho de treinta y pico se encontró con un amigo en el colectivo. Al pasar le contó que le habían robado el celular, y ahí comenzó el diálogo:
ꟷ ¡¿Otra vez?!
ꟷSi, ahora estoy con uno que tenía mi cuñadito. Tengo que comprarme. Fue la semana pasada, en la cancha. Me hice amigo de un par y cuando terminó el partido me dijeron «dale, amigo, vení con nosotros, seguimos tomando algo»
ꟷ ¿y te mandaste, así sin conocerlos de nada?
ꟷ Cundo estábamos llegando, en un pasillo me salieron cuatro, estaban todos juntos, me fui hasta sin zapatillas. Es que cuando escabio… ¡soy un cachivache!
Me llamó la atención la manera divertida y relajada de contar, en definitiva a nadie le gusta pasar por eso y se lo tomaba lo más bien. Probablemente sea el modo de narrar, lo que se transmite en el habla, más que el contenido de lo que se dice, lo que lleva a prestar atención al relato.
En otro viaje, de esos largos, en horario de regreso del trabajo, con cansancio a cuestas, la historia me obligaba a imaginar a la interlocutora de mi compañero de viaje. Él iba hablando por teléfono, no audio, no mensajito, hablaba de la manera tradicional:
ꟷ Pará, Marcela. ¿Podés parar, por favor? No te entiendo. Ya resignado, hablaba a viva voz y no le importaba que la gente del colectivo conociera su interna conyugal. Voy yo a buscar a la nena, tengo para un rato más pero cuando llego voy yo. Ya lo sé, ya lo sé. ¿Qué querés que haga? ¿que me baje y empuje al micro para que llegue más rápido? Lo miré con lástima. Se ponía rojo él pero, de pronto, empecé a pensar que la esposa tenía razón. Le estaría diciendo que ella no llega a tiempo a buscar a la hija de ambos y, en definitiva, si ella no puede, igual se tiene que ocupar de encontrar la solución, no alcanza con avisar, “mirá que no llego”, si el hombre no llega, avisa y listo, si es la mujer la que está retrasada, tiene que buscar el teléfono de una mamá del jardín, preguntarle si ella puede retirar a la nena y organizar la logística del resto de las horas del día. Mientras elucubraba todo esto, el hombre ya había cortado la llamada y se levantó para dejar el lugar a una señora mayor. Lo pude ver mejor porque se quedó parado justo al lado mío, apoyó el bolsito en el suelo, entre sus dos piernas, le vi la mirada cansada, se sostuvo de los pasamanos más altos y apoyó la cabeza en su brazo, con los ojos cerrados, buscando unos minutos de sueño furtivo. Pensé que cuando subí, él ya estaba y ya habían pasado más de cuarenta minutos, se notaba que faltaba un buen rato de viaje, volví a sentir empatía con el hombre. Sentí que el cansancio mío era poco en relación al suyo, todavía me faltaban unas veinte cuadras para bajar pero fingí que ya estaba llegando y me levanté para que él pudiera continuar su siesta un poco más cómodo. El colectivo recorrió las cuadras que me faltaban para bajar, mi compañero de viaje seguía dormido en el que había sido mi asiento. Finalmente no supe quién tenía razón, si es que alguno de los dos la tenía.
Mañana, cuando vuelva a subirme, si tengo los ojos y los oídos lo suficientemente despiertos, quizá vuelva a recolectar historias que me hagan el viaje un poco más corto.
