Escribo esta columna en el Día de la Mujer, aunque, podría hacer eso, unirme a la celebración. Parte del festejo son los descuentos y promociones que se anuncian en estos días en los centros comerciales o en los negocios de marcas. O las publicitadas cenas en restaurantes glamorosos. O las palabras obvias que gastan (aunque ya estén gastadas de antemano) algunos presentadores televisivos, conductores radiales y seductores de ocasión. ¿Pero qué se celebra y por qué?
¿Existe ya una igualdad real entre varones y mujeres en materia económica y de remuneraciones, o todavía a ellas las aplasta el “techo de cristal” por el cual a igual responsabilidad y función corresponde un salario menor o, de lo contrario, a igual salario se exige un desempeño mayor (para demostrar que se merece ese salario)? ¿Se han implementado las leyes que se votan y luego se olvidan para atacar el flagelo de la violencia doméstica por el cual, en el país, una mujer muere cada 36 horas a manos de un hombre, con frecuencia familiar y cercano? ¿Ha decrecido el sexismo desembozado y moralmente obsceno que se despliega impune en tanto programa chatarra de la televisión, lamentablemente en muchos casos con colaboración de mujeres que se prestan al juego? ¿Abandonó la publicidad el fácil y penoso recurso de ofrecer cualquier producto o servicio sin explicar claramente las bondades del mismo pero exhibiendo en cambio, como elemental carnada, a una mujer con poca ropa, mucha silicona y poco que ver con el producto o el servicio de marras? ¿Sigue vigente la concesión de un tercio de participación femenina en las listas electorales, lo que sólo demuestra que ese sigue siendo un coto masculino al que se entra con el permiso del varón? ¿Ya pueden las mujeres acceder a altos cargos y responsabilidades en la política y los negocios sin tener que demostrarles, a los hombres por supuesto, que son tan duras, impiadosas y capaces de jugar sucio como ellos? ¿Las mujeres que conducen autos han dejado de recibir insultos específicamente dirigidos a su condición femenina por parte de desorbitados y peligrosos conductores varones? ¿Se ha extendido hasta convertirse en un fenómeno transformador la presencia y la influencia de mujeres en la política, la economía, el deporte y otras áreas determinantes de la sociedad, hasta el punto en que los proyectos y planes en esas áreas nazcan de prácticas cooperativas y no competitivas, horizontales y no verticales, de paridad y no de imposición jerárquica? ¿Se ha aprendido en todas esas áreas a respetar y valorar lo emocional, predomina el cuidado del otro y el cuidado del ambiente o siguen siendo el otro y el ambiente simples recursos en un paradigma de competición feroz, que no admite la compasión, la empatía, la concesión? ¿Es ya habitual que si en una pareja ambos trabajan y por alguna razón uno debe dejar de hacerlo se atiendan las razones de ambos, o sigue predominando el automatismo por el cual es ella quien resigna su posición laboral o profesional?
Si la mayoría de estas preguntas (y varias otras que se me ocurren) tuvieran respuesta afirmativa, y si esa respuesta pudiera ser demostrada con hechos y cifras y no sólo con discursos y voluntarismo, podría unirme a la celebración. Pero vivo en este mundo, aquí y ahora, y mis preguntas son en cierto modo tramposas. Al hacerlas sabía la respuesta. Es no. Me duele como varón que en buena medida esa respuesta se deba a la plena vigencia de un paradigma masculino que quizás ha empezado a cambiar, pero no tanto ni tan rápido como algunos y algunas quisieran, y que sigue siendo el que determina muchos de los fenómenos sociales que nos duelen.
Hace dos años el Foro Económico Mundial de la ONU realizó un estudio para determinar cuáles son los veinte mejores países del mundo para ser mujer. Islandia, Suecia, Canadá Dinamarca y Finlandia lideraban la lista. Características comunes a esos países, según el estudio, son un funcionamiento pleno de la democracia, respeto de la diversidad, equidad de género en materia de ingresos, distribución de tareas, aplicación de leyes, acceso pleno (real, no declamado) a la salud, a la educación, igualdad de derechos garantizada por la Constitución (y cumplimiento de la Constitución) y ausencia de guerras. No sé cómo se celebra en esos países el Día de la Mujer. Imagino que sin grandes fanfarrias. No tienen que acordarse de ellas de modo oportunista una vez al año. Lo hacen en el día a día. Fuera de eso, que el Día de la Mujer se presente como una celebración me sonó siempre como una concesión masculina. Como varón no adhiero a ella. Quizás el 8 de marzo deba ser, para los hombres, un día de reflexión y de sinceramiento. Un día en que nos preguntemos cómo y cuándo empezaremos a poner lo nuestro para hacer con ellas espacios de encuentro, aceptación e integración de nuestras necesarias y reales diferencias. Es la mejor ofrenda a nuestras compañeras de la vida.
Por: Sergio Sinay
