Foto: Gemini

Siempre corriendo.  Salía del negocio con el tiempo justo para buscar a los chicos del colegio. En la pollería tenía que trozar los pollos, sacar las supremas, preparar las milanesas, cargar la heladera y dejar todo impecable antes de cerrar. Era llegar a casa, servir la comida y salir a toda velocidad a cuidar a una abuelita a dos cuadras de donde vivía. Tres veces por mes iba al banco a acompañar a alguien a cobrar la jubilación. Había todavía jubilados que se negaban a usar la tarjeta de débito y les gustaba ir el día de cobro a retirar todo al banco. De ese trámite sacaba algunos pesitos extra.  Lili disfrutaba de esa actividad tan intensa. Trataba de estar en la calle, en las casas en las que trabajaba o se iba a lo de alguna amiga. La pasaba bien así, se sentía libre aunque a la noche llegara rendida. Tenía su propia plata siempre y a veces, cuando jugaba a la quiniela, se le multiplicaba por setenta y hasta por seiscientos. Las tres cifras eran el sueño dorado, todavía se acuerda de cuando agarró el 486 a la cabeza. Justamente, acompañando a su vecina al banco había tenido suerte desde el principio. Sacaron número y tenían el 822, había para rato, faltaban como cuatrocientos lugares. Todavía se usaban los números de papel, no había tablero aún.  En ese momento se les acercó un hombre que había sacado dos números, con la intención de dárselo a alguien que le diera buena impresión. Tenía el 485 y el 486. Se ve que Lili le pareció simpática, se lo dio a ella cuando faltaban apenas unos minutos para que les tocase. La espera que habría durado dos horas, terminó en unos quince minutos escasos. El hombre era de esas personas que creen que aparentan menos edad de la que tienen, todo el tiempo están preguntando: “¿qué edad me das?”  Y quien escucha, responde quitando  varios años a lo que imagina, por las dudas. Se hacía el galán con Lili, tenía setenta y ocho años pero parecía mucho más. Igual Lili se hizo la sorprendida y dijo que no podía creer que tuviera esa edad, que parecía mucho menos, que creyó que  estaba esperando el turno para alguno de sus padres. Un poco exageró pero él había sido bueno con ella al darle el número. Además era lindo número. No lo pensó dos veces. Lo jugó en la Nacional y también en la Tómbola de Montevideo. Salió el 86 en  Nacional vespertina y el 486 en la Oro (que es como le dicen a la de Montevideo). Lili estaba exultante.  Se fue a una carnicería y compró para hacer un poco de carne a la parrilla, y también  maíz y queso, porque estaba  dispuesta a preparar una buena fuente de sopa paraguaya. Buenísimos recuerdos.

Lili nunca contaba que jugaba porque, así como ese glorioso día había tenido a San Cono de su lado, un montón de otras veces terminaba con lo justo para cargar la SUBE y, en definitiva, ella jugaba con lo que ganaba trabajando, ni una vez usó dinero del sueldo del marido para sus excursiones a la agencia de lotería. Así que era mejor tener ese pasatiempo en secreto y, de ese modo nadie podía meterse en sus cosas.

Así transcurrían sus días, algunos más tranquilos, otros más atareados, siempre tratando de tener un pesito propio y hacer con eso lo que quisiera.

La virgencita de Itatí y el San Cayetano estaban ahí siempre para cuando ella los necesitaba. Un día  de esos  de mucha  corrida y monedero escaso les pidió a los santitos que le mandaran una señal para saber a qué número  jugar. “El 32 es el dinero, ¿será esa la señal? No creo. Me falta, no, no debe ser”. Un dolor de muelas le hizo pensar que podría ser 37 que es el dentista, pero también lo desestimó porque igual no pensaba ir, un poco de alcohol frotado en la encía del lado dolorido y el dolor se le aliviaba. Se humedecía el dedo y frotaba con fuerza, así repetía la operación varias veces hasta que, finalmente, dejaba de sentir la encía, parte de la lengua y el dolor desaparecía también.  A la nochecita encontró la señal. Sus tres hijos estaban en la cocina mirando tele y se rascaban la cabeza con desesperación. “¡El 87! Los piojos”,  y como son los tres chicos le jugó  al 387 directamente. Salió corriendo a la agencia de lotería y se volvió a su casa a sacar “la señal” de la cabeza de sus hijos. Lili sentía que iba caminando del brazo con la suerte.

Con el peine fino en la mano y el vinagre inundando de olor la cocina, Lili esperaba que se jugara la quiniela de la noche. Estaba nerviosa. Alternaba los canales que transmitían los resultados mientras pensaba cuál de los dos le daría suerte. Crónica le dio la buena nueva, seiscientos setenta mil pesos para cobrar. A la mañana siguiente caminó hasta la agencia tarareando “El farolito” y se dispuso a encontrar nuevas señales para ese día.