Caminar cien pasos con los zapatos del otro. Eso recomendaba Aristóteles allá lejos y hace tiempo, casi 400 años antes de Cristo. Y acaso no haya manera mejor de vivenciar la empatía. Al calzar por un breve trecho esos zapatos se entiende todo, se evaporan prejuicios, mueren las palabras. Alguien podrá negarse a hacerlo, pero no podrá decir que es imposible. Aun así, hay un único par de zapatos que es imposible calzar.

Una caminata que solo se puede hacer con zapatos propios. Porque la experiencia que proponía el sabio griego no solo involucra a los pies, sino también a la mente y el corazón. Y hay unos zapatos ajenos en los que ninguna mente puede entrar. ¿Cómo caminar con los zapatos de los padres que perdieron a sus hijos, sin haber vivido esa experiencia? Es, quizás, la única vivencia ante la cual la mente se cierra, la imaginación se niega, el corazón se hiela. La cumbre del dolor humano, la máxima profundidad del sufrimiento.

Ante ella, descalzos, solo podemos ofrecer silencio, solidaridad, respeto, presencia, humildad. Hace pocos días fui invitado a hablar en Renacer, un grupo integrado por esos padres y madres. No fue la primera vez. Pero sí lo fue. Porque ante ellos, con ellos, esa experiencia es siempre virgen, siempre un gran signo de pregunta abierto.

La primera revelación, para mí, es su nombre: Renacer. Una declaración de principios, un empecinado y milagroso empeño de mantener abierto el cauce de la vida. Perdieron a sus hijos de maneras distintas, en situaciones y condiciones diferentes, por causas variadas. Casi todos se han topado con la pregunta sin respuesta, o con respuestas frágiles, fugaces, incompletas, inconvincentes: ¿Por qué? Y quien más, quien menos, en distintos ritmos, a su modo y en sus tiempos, han ido mudando a otra pregunta, que justifica el nombre bajo el cual eligieron unirse y acompañarse: ¿Para qué?

La muerte de un hijo es la más terrible y la más absurda. Pero si sólo queda en eso, en ausencia, vacío, impotencia y brutal desconcierto, es doblemente absurda. Decía Albert Camus (gran escritor, enorme ser humano moral, autor de El extranjero, El mito de Sísifo, La peste, El hombre rebelde, entre otras obras esenciales) que nuestra vida solo será un absurdo parpadeo de luz entre dos eternidades de sombra, una antes de nacer y otra luego de morir, si no encontramos en su tránsito un sentido. Y tanto la búsqueda como el encuentro de ese sentido son nuestra responsabilidad.

La vida no es moral, no es justa ni injusta. Es. Fluye. Y nos somete a preguntas que debemos responder a través de decisiones, elecciones, acciones, es decir, viviendo. Las preguntas de la vida nos llegan en cada situación que atravesamos, en las más sencillas y placenteras, en las más complejas y dolorosas, en las que parecen ofrecer certezas y en las que son pura incertidumbre. Y la pérdida de un hijo es, acaso, la pregunta más incomprensible.

La mayoría de estos padres con los que hablé y a los que escuché, parecen haber ido encontrando maneras de responder. Si en la peor hora de dolor les hubieran ofrecido volver a vivir y no haber tenido a sus hijos para evitar así el sufrimiento de la pérdida, todos ellos se habrían negado. Porque comprenden ahora que en la presencia de esos hijos (aun en los casos en que los vínculos hayan sido difíciles o muy breves) hubo iluminados momentos de sentido.

Han aprendido, o están aprendiendo, que un hijo es para siempre (biológico o adoptivo, es un hijo) y que la ausencia física es el comienzo de una presencia diferente. Esta deberá construirse, de tal modo que no sea un apego que impida comprender lo irreversible, sino una forma de amor que permita renacer a quien aún vive y, al hacerlo, iluminar de sentido a todo lo vivido. “La parte fundamental de la relación mutua, que era amor, sobrevive incluso al fin de la relación”, dice la escritora y psicoterapeuta austríaca Elisabeth Lukas en su breve y bello libro En la tristeza pervive el amor.

Y a quien sobrevive, dice Lukas, le queda una sagrada tarea: ser digno de la vida que vive. Con esa dignidad me encontré en la mirada, en las palabras, en las actitudes de los padres que me invitaron para que los acompañara en un breve tramo de su marcha. Acaso sea imposible ponerse sus zapatos, pero siempre se puede caminar junto a ellos. Van en una dirección que reafirma cada paso.