Los programas de cocina siempre fueron un espacio para descansar la cabeza. Desde la época de Doña Petrona en Buenas tardes, Mucho gusto, verla preparar una torta que llevaba una docena de huevos y que probablemente, nunca fuéramos a hacer, hasta el tiempo de ahora que ofrece canales especializados y hasta reels de Instagram que muestran cómo hacer una mermelada o un pollo teriyaki. Ver batir huevos mezclados con azúcar, el cambio de color, el volumen que crece, la harina que cae como lluvia mientras pasa por el cernidor es como alejarse del aquí y ahora, es hacer un paréntesis de la realidad y sumergirse en un espacio sin tiempo donde nada malo puede suceder. Allí no entran las noticias ni las preocupaciones personales.
Llevar a la práctica ya es otra cuestión. Y para las personas a las que les gusta este tipo de actividad resulta ser algo relajante también. Cuando se cocina se mezclan ingredientes, se combinan sabores, se equilibran texturas, es un arte que apela al sentido del gusto, aunque también entran en juego con mucha fuerza el olfato, la vista y hasta el oído. Si en invierno una casa huele a sopa, inmediatamente se convierte en un lugar acogedor. Los cocineros fashion usan términos como crocancia cuando quieren explicar que la pizza tiene piso y hace ruidito al morder. En el proceso que lleva hasta el plato terminado, en ese camino, se pueden descubrir muchas cosas. Por ejemplo, hace algunos días quise preparar un budín y agregarle arándanos frescos para que al cortar las porciones apareciera ese color violáceo de aspecto brillante. Para estar segura de que la masa iba a “levantar”, además de usar harina leudante, agregué una cucharada de bicarbonato de sodio. La sorpresa fue mayúscula cuando al cortar el budín esponjoso, los arándanos habían mutado y ahora se veían círculos ¡verdes! No entendía que había pasado, me preocupaba que se hubieran puesto en mal estado pero, investigando, encontré una explicación que incluía palabras como acidez, alcalinidad y pH. No estaban en malos, solamente habían cambiado de color, reaccionaron así porque el bicarbonato hizo que la mezcla fuera alcalina, que es lo contrario de ácido. Seguí investigando. Puse algunos arándanos que me habían quedado, en un vaso con agua, les agregué un poco de bicarbonato y, de vuelta, verdes, ahí mismo probé echarles unas gotitas de jugo de limón y, como por arte de magia, se volvieron de un color rojo brillante, un violeta más cálido. Después de hacer esos experimentos y mientras ponía la pava para el mate, me acordé de una poeta mexicana, que era monja y vivió en la época en que América dependía de España, era el virreinato. Se llamaba Sor Juana Inés de la Cruz. Hay quienes la conocen porque algunos versos de ella se hicieron muy famosos, era una feminista del siglo XVII, escribió “Hombres necios que acusáis/ a la mujer sin razón/ sin ver que sois la ocasión/de lo mismo que culpáis” y después sigue con muchos argumentos donde critica la hipocresía masculina. El tema es que esta monja, en una ocasión fue castigada por el obispo por alguna falta y le prohibió acercarse a la biblioteca por un determinado tiempo, sólo podía estar en la cocina del convento. Sor Juana, curiosa y de espíritu investigativo, encontró un montón cosas interesantes mientras cocinaba: cómo se espesaban las mezclas, en qué momento coagulaban los huevos, de qué manera se modificaba el azúcar si se llevaba al fuego. Esto la llevó a afirmar “Si Aristóteles hubiera guisado, cuánto más habría escrito”. En mi devaneo, me hirvió el agua para el mate, le agregué un par de cubitos y corté el budín de arándanos verdes. Cuando quise convidar elegí ponerle nombre:- ¿Querés una porción de budín Shrek?
