Sepultadas en el olvido, el desierto, la jungla o el desinterés humano. Hay ciudades que desaparecen o que nunca han llegado a convertirse en una realidad.

Hay muchos tipos de ciudades perdidas. Desde la romana Leptis Magna envuelta en las arenas del desierto de Libia, hasta la futurista Shanzhi, que nunca llegó a ser, en Taiwan. La legendaria y heroica Babilonia, la fantasmagórica Hashimi en el mar de Japón, la tristemente conocida Pryapiat, abandonada días después del desastre de Chernóbil o Jeoffrécourt, un simulacro de ciudad surrealista y virtual en plena llanura de la Picardía francesa. No faltan visitas obligadas, como la ciudad de Angkor (Camboya). En Australia recupera la historia de algunas ciudades mineras que tuvieron su época dorada y a las que ahora solo llegan los viajeros más intrépidos.

En el libro  “El Atlas de las ciudades perdidas”, se narra los destinos imprevistos, y sin embargo muy reales, de más de cuarenta urbes desaparecidas o abandonadas. Ninguna de ellas nació con vocación de esfumarse del mapa, pero los acontecimientos históricos, las catástrofes naturales, las guerras o el declive económico o la locura humana hicieron que dejaran de ser atractivas. Sean cuales sean las causas, estas desapariciones nos interrogan, nos fascinan y persiguen nuestra memoria.

 

Ciudades perdidas por la locura del mundo

La existencia de estas ciudades refleja la locura del mundo, la de la violencia de la naturaleza y la de los hombres, pues algunas urbes permanecen sepultadas bajo los escombros de las guerras o pulverizadas por la onda nuclear, víctimas de una destrucción individual o colectiva, natural o histórica.

La mayoría de las ciudades perdidas han conocido existencias más plácidas y su historia se extiende a veces a lo largo de milenios y otras, como Bam, han tenido varias vidas reconstruida en diversas ocasiones a lo largo de los siglos y que, después de los estragos de un terremoto, vuelve a desafiar el desierto.