Hace unos años empezó, con la movida del vino a nivel mundial, la posibilidad de ir a las bodegas no sólo a degustar vinos sino también a comer. Esta novedad que probablemente haya tenido sus inicios en Estados Unidos llegó a Mendoza y muchas de nuestras bodegas referentes abrieron restaurantes en sus salones, construyeron, armaron y decoraron ambientes para que uno pueda sentarse a degustar un gran menú, normalmente maridado con exquisitos y exclusivos vinos.
Si hemos tenido la suerte de visitar alguno de estos establecimientos, obviamente no dudaremos cuando nos ofrezcan la misma posibilidad pero en el vecino país.
Chile es un país pequeño pero con una organización y orden que apabulla. Todo funciona, todo es prolijo, todo es correcto. Tal vez esas mismas características son las que podemos distinguir en esta experiencia.
Comer en el Viña Casas del Bosque.

La hermosa terraza de la viña
Llegamos al Valle de Casablanca por la ruta 68 proveniente de Santiago, la misma que une con la pintoresca ciudad de Valparaíso. Entre la variada oferta elegimos el restaurante Tanino, lo vimos por internet y sus buenas críticas nos hicieron decidirnos. Frente a la advertencia “imposible sin reservas”, llamamos y pedimos una mesa para las 15 hs, horario poco habitual para almorzar en Mendoza, pero según parece, común en Chile.

Llegamos 1 hora antes de lo planeado, pero tuvimos tanta suerte que nos avisaron que había una mesa disponible. Pasamos, y nos entregaron las cartas. La primera gran diferencia es que tiene platos accesibles e incluso para compartir. Vimos mucha gente de clase media y eso alegra, ya que los precios de los platos en las bodegas locales son prohibitivos. La carta posee un menú de pasos y opciones aisladas. Pedimos de entrada un “Atún sellado y pistachos” y “Empanaditas de cordero braseado y merken”. Como platos principales “Mero y machas” y “Corvina y albahaca”.
Los platos son realmente muy buenos, el atún sellado y crudo en el medio (¡como debe ser!), un lujo para quien sea amante de los pescados crudos. La salsa era una especie de gazpacho de tomates con hierbas. Las empanadas simplemente sensacionales y el merken, para quien no lo conozca es un condimento típico chileno hecho de ají cacho de cabra ahumado molido con semillas de cilantro. ¡En estas empanadas era la gloria!

Los dos platos principales, que optamos por pescado, claramente estando en Chile, fueron sencillos pero bien ejecutados. Destacable como han buceado en su idiosincrasia uniendo sus fortalezas. Usando los lugares comunes como fortines de batalla, como ejemplo figuran las machas, el merken y el cilantro. Tan inteligentes son los hermanos trasandinos que con pocos recursos siempre salen muy bien parados, porque usan cada ingrediente de forma correcta y precisa.
Lo que merece un párrafo aparte es el postre: un viaje a lo más glorioso del menú.
Lo pedimos sin esperar más que un rico desenlace. Y allí apareció la gran sorpresa. De los mejores postres que comí en mi vida. Volvería sólo por probar ese sabor nuevamente.

Crujiente de chocolate relleno de mousse de maracuyá. ¡La gloria! Una especie de bombón gigante de un finísimo chocolate semiamargo, relleno de una crema deliciosamente ácida de fruta tropical. Impecable, para sacarse el sombrero. Café italiano expreso y copa de late harvest mediante nos acostamos en unas reposeras que han puesto para tal fin. Nos despertamos 30 minutos después y con la panza llena y el corazón contento seguimos viaje.
Opciones para todos los bolsillos. Vinos impecables y comida sabrosa y creativa. Servicio normal, algo lento.
