“Un barrio puede encerrar mil historias, reales o no tanto, pero todas, absolutamente todas posibles. Dependerá de la destreza de quien nos las cuente, y si lo hace bien, entonces estamos ante el nacimiento de leyendas y mitos”, nos anticipa la contratapa de Un lugar llamado Infanta Town (LEO Libros), el primer libro de Rubén Samperi, que se presentará el viernes 30 de octubre a las 20 en la Sala de Conferencias del Club Atlético Gimnasia y Esgrima (Carlos Washington Lencinas 1051, Ciudad).
Con una potente voz narrativa, Samperi nos ofrece en este libro una colección de relatos en los que los personajes se relacionan, de una u otra manera, con el “Infanta Town”, un sitio que a quienes vivimos en Mendoza nos suena y que, en manos del autor, se convierte en un espacio creador de sus propias leyendas.
Amores y odios, encuentros y desencuentros, traiciones y complicidades… Todo lo que una comunidad humana tiene para ofrecer está presente en Un lugar llamado Infanta Town.

En la oportunidad, Samperi estará acompañado por Alejandro Frias y Ariel Búmbalo, quien, a propósito de la obra, señaló: “Se le atribuye a Máximo Gorki, un escritor ruso, aquella muy usada frase que sentencia ‘Pinta tu aldea y pintarás el mundo’. Borges, en cambio, recomendaba no ser muy preciso a la hora de describir lugares ya que, argumentaba, algunos lectores podían ser exigentes y cuestionar el detalle de los paisajes aludidos por el autor. Para zafar de semejantes aprietos, otros escritores han procedido a inventar barrios, pueblos, ciudades y hasta países imaginarios. En su libro de cuentos ‘Un lugar llamado Infanta Town’, Rubén Samperi se hace cargo de ese desafío que enfrentan todos los escritores de crear un lugar para sus lectores, y nos ofrece este ‘Infanta Town’, un barrio que es a la vez todos los barrios”.
“Una última visita”, uno de los relatos del volumen
Llegué a tu pueblo de madrugada. No voy a reciclar el viejo debate sobre la cualidad catastral que a tu caserío deba adjudicarse. Los viejos debates por suerte han concluido y ahora, señor de mis propias convicciones, voy a llamar pueblo a esa ciudá de casas chatas, calles polvorientas, gente campechana absolutamente literal, a la que vos reivindicabas como «ciudad» por ser la capital de tu provincia.
La cosa es que me bajé en la vieja terminal y decidí que lo mejor sería desayunar en la cafetería de la planta alta, que parecía un establo con su tabique de madera inconcluso en un costado del salón. Cada vez que me senté ahí, me mantuve en tensión, a la espera de algún relincho. Permanecía igual, con sus refacciones a medias, respetuosa de la idiosincrasia patria que manda a una obra del Estado a tener pretensiones de eternidad. Un viejo alto, desgarbado, de dientes amarillos, me preguntó qué quería tomar, y me anoté con un cortado en vaso con unas medialunas. Cuando el mozo se alejó con mi pedido, mi memoria reivindicó el irse de la moza que me hubo atendido aquella mañana, la primera de mis mañanas ahí, cuando te avisé con un audio de Whatsapp que había llegado y me contestaste en tono festivo «¡¡¡Qué hacés!!! Dale, apurate, que ya se fue y te estoy esperando».
Desayuné y me alojé en el viejo apart del centro, donde me visitabas, haciendo cortes en tu trabajo, cuando tu situación doméstica te impedía encerrarme en tu casa. Yo prefería sus ausencias. Que me refugiases como un cachorro callejero arropado por una señora de sociedad. Prefería claramente que en ese infierno doméstico desplegases tus talentos y te entregases a mis exploraciones.
Ahora repaso cada momento una y mil veces. Los nombres puntuales de cada uno. Tu padre, en una ciudad vecina. Tus hermanos, en el barrio vecino. Adorabas a uno, detestabas a la otra. Competías con ella por el amor de ese padre que salió un día para no volver, con el que ambas se reencontraron mucho tiempo después. Tus amigas: la psicóloga desquiciada, la profesora de literatura amante del presidente de la Corte, la pediatra que te invitaba a navegar con su marido los fines de semana. Aprendí de memoria sus vidas, cómo se movían, por dónde, cuáles de sus costumbres compartías, aprendí que eran tus alegrías, tus escapatorias.
Pasábamos las horas entre sexo, devaneos intelectuales, relatos de mi mundo y el tuyo, que se me hacía cada vez más grato, cada vez más cercano. Si él interrumpía sus viajes cuando yo ya estaba en camino, nuestro refugio era el apart; en cambio, si todo resultaba según lo planeado, yo llegaba en taxi de madrugada, intentando escapar de las miradas indiscretas de tus vecinos. Así entonces pasaba mis días. Encerrado en tu casa, indagando tu intimidad y la suya, sus secretos, deleitándome con los caireles de las arañas, las sillas de mimbre con patas de madera turquesa, los frascos de tus pinturas, las miniaturas de superhéroes en el alféizar de la ventana (habían pertenecido a tu único hijo, eran ahora sus ojos, mientras desplegaba su educación europea). Jugaba a través de la reja que daba al patio con tu perro que, sorprendido por mi extraña presencia, sabedor de que era causa tuya, poco a poco y con delay, movía su cola. Distinta era tu gata, la veía en videos, en fotos, ella desaparecía.
Tu mundo y el mío a miles de kilómetros, unidos por el puente del deseo. Al principio era un juego entre tu saciedad y mi soledad interrumpida por tu presencia. Al principio, no sé cuánto duró, fuimos más livianos que el aire. Lejanos, pasábamos los días mensajeándonos cuándo y cómo podíamos. Si el tiempo disponible era más prolongado, compartíamos el chat entre luces y sombras, feliz de entenderte, lleno de preguntas por todo lo que no me resultaba claro. Creo que el derrumbe comenzó cuando se nos ocurrió pensar que era posible. Tal vez fue idea mía. Ahora intento sopesar si la incentivaste o sólo dejaste que creciera haciéndole guiños a tus sueños, a cómo sería tu vida sin él.
Las mañanas me gustan así. En este lugar me gustó así la primera vez y me sigue gustando igual. La otra ciudad frente a la tuya, del otro lado del río. El agua que corcovea mansa hacia su destino. La gramilla en la orilla verde. Las ramas lánguidas de los árboles besuqueándose con el cauce. En el amarradero, La Costera, la embarcación de tus amigos, meciéndose suavemente. Algo más acá, los puestos de comida de la costanera. Este bar es el mismo de aquella vez. Esa mañana desayunaba y leía. Fue una de las pocas veces en que anduve libre por ahí. Ya habíamos cambiado, me habías reprochado que nunca sería capaz de dejar mi ciudad. Especulabas con cuál sería mi actitud si te jugabas a dejarlo. Yo, de mi parte, había empezado a considerar las posibilidades: mudarme, cambiar de vida, seguir con lo mío en un escenario diferente o volverme otro totalmente distinto, dejar todo atrás por una vida más simple, menos pensante, más mecánica. Esfumarme de mi prestigio inesperado en procura de la felicidad de cosas más pequeñas y atractivas, más atadas a mis sueños infantiles, a pasiones más elementales. Creo que estaba en este mismo bar cuando me preguntaste, por celu, si viajaría con vos (no estaba permitido mostrarnos en público), si te ayudaría a huir a alguna playa para desde ahí romper con todo y volver juntos a la vida que proyectásemos. Y sé con claridad absoluta que volví a este bar cuando dejaste de contestar mis mensajes, cuando dejaste de responderme, creo que justo después de confirmarte que ya tenía nuestros pasajes para viajar a Brasil.
Por eso vine a buscarte aquella vez, esa vez que yo llamo la penúltima. Convencido de que la última es esta de ahora. Y esa vez fue cuando recorrí los lugares que frecuentabas. Tu consultorio, donde no te encontré cuando pregunté por vos haciéndome pasar por un paciente. La costanera, por si paseabas con alguien o te subías con tus amigos a navegar en La Costera. El centro, esperando verte mirando vidrieras. Nada de nada. Así que tuve que camuflarme y espiar tu casa. Ahí sí, ahí estabas, te vi cuando saliste. Vi cómo te colgabas de su cuello, vi el beso sostenido, vi tu sonrisa cuando trepaste al auto, me sacudió como un latigazo el resplandor blanco de tus piernas. Un rato después, antes de pegarme la vuelta, vi o imaginé que los pedacitos de los boletos de avión navegaban río abajo por la corriente zaina.
Aquella vez volví a Infanta Town, a mi lugar, a mi patria que es de verdad, para andar por las calles sacando mi sonrisa de un agujero que empezaba en mi pecho y disimulaba mi cara. Cada tanto y sin pensarlo, me nacía un «hija de puta». Creo que alguna vez lo pronuncié delante de gente que no lo entendió y tuve que pedir disculpas. Una noche, al borde de las lágrimas, escribí eso que aprendí de memoria: Me hubiese gustado verte / como ya no te veré, / total sé que fuiste un sueño / disfrazado de mujer. Y así, rumiando la bronca y llorando de noche, decidí que volvería para una última visita.
Ahora es esta última visita. Recorro tu pueblo de noche. Quiero irme como vine, siendo una sombra. En la costanera casi no hay gente y se puede llegar al embarcadero como un paseante cualquiera, libre de toda sospecha. Puedo llegar junto a La Costera, sacar del bolsillo el frasquito con ácido y volcarlo sobre la cubierta inadvertidamente, puedo sentarme un rato bajo los árboles, prender un cigarrillo, ver cómo la barca se ladea en la popa, juega un poco en la orilla y empieza a sumergirse. Es el momento justo para seguir mi paseo, alejarme.
En el pórtico de Tribunales me divierte escribir, con pintura en aerosol verde flúo sobre el roble oscuro «El putazo del Dr. Laurente se coge a la profesora Maiztegui». Queda precioso, y pienso con algarabía que ojalá en este pueblo chico llegue a los cónyuges de los aludidos.
Ya me siento mejor y me apiado de la psicóloga desquiciada cuyo nombre he olvidado. Ese olvido me contrapone a los versos de Borges que me asaltan y me nublan los ojos: Sé que una cosa no hay / y es el olvido, / sé que en la eternidad perdura y arde / lo mucho y lo precioso que he perdido.
Quedás vos, tu casa, tu marido, penosamente tu perro veladamente simpático y tu gata antipática. Los muñequitos en el alféizar de la ventana de la cocina y los sofisticados caireles de las arañas. Me venden sin problema el bidón de nafta. La noche viene turbia y los tipos se compadecen del boludo al que el auto dejó tirado. El tachero me lleva con gusto mientras comenta cómo se viene echando a perder el tiempo. Y me deja junto a ese auto que él cree que es mi auto. Tu casa queda ahí nomás, así que cuando el taxi se aleja, me acerco, abro el bidón y voy rociando todo cuan minuciosamente puedo. Nunca se me dieron muy bien estas tareas manuales. Al cigarrillo lo prendo con un fósforo y tiro el fósforo sobre la mancha de nafta. Hay un crepitar lento, una música entre amarilla naranja y azul que se levanta de a poco sacudida por el viento y sube por las paredes. Me alejo a paso sereno, llenándome los pulmones con el humo del pucho. El aire ya sabe a quemado y a lo lejos principian los primeros gritos. Justo entonces algunas gotas de lluvia me pegan en la cara y se mezclan con mis lágrimas imprevistas. Qué pasará me pregunto. Es un dulce misterio. Y me encantaría saber si todas las lágrimas del mundo son capaces de apagar tantos fuegos.
Para agendar
Presentación de “Un lugar llamado Infanta Town” de Rubén Samperi
Fecha: viernes 30 de octubre.
Hora: a las 20.
Lugar: en las instalaciones del Lobo del Parque (Carlos Washington Lencinas 1051, Ciudad).
Entrada libre y gratuita.
