“La curva de la boca”, primera novela de Omar Gaisquien derivó por Arquitectura, Música y Psicología, pero aterrizó en Filosofía- nos lleva a ser cómplices de un profesor universitario que recorre la ciudad. A través de la perspectiva del personaje principal, aprehendemos, con tono hilarante, la condición humana desnuda e impregnada de cierto “espíritu montañés”.

Con una mirada que desparrama un humor exquisito, camina por Rufino Ortega el protagonista de la novela mientras va viendo los hilos, esos hilos invisibles que el deseo teje entre una boca y una espalda, entre unos ojos y unos labios, mientras su mente divaga en las miradas esquivas de sus vecinos, los informes postergados, en lo que (no) pasa en la tele.

En las caminatas, el pensamiento diverge tanto como la escritura o, más bien, la escritura diverge siguiendo el hilo de pensamiento del profesor. Camina para pausar su vida: sale un ratito del bucle de las compras, la comida, los informes, para replantearse eso de las compras, la comida, los informes, las mujeres, el trabajo, la familia.

Y voy desagregando ese encadenamiento del título, que está en la interpretación de esta lectora, pero también en los hilos que el escritor de la novela, Omar Gais, teje, sin saber del todo qué es lo que está haciendo, es decir, cómo algunos autores, obras leídas y releídas se le cuelan en la estructura sin que él lo termine de advertir. Desagrego sin solemnidad, porque “la solemnidad es inversamente proporcional a la seriedad” (como afirma el profesor). Entonces, sin solemnidad y con honestidad.

Digo kunderiana: lo que sostiene la tensión, una vez que se ingresa al mundo del fluir del pensamiento del protagonista, es que sus pasiones y conflictos (las mujeres que lo atan con esos hilos invisibles del deseo; el trabajo con sus estudiantes y colegas en una institución paródica de sí misma) son atravesadas por planteos filosófico-políticos (¿acaso la filosofía puede no ser política?), ya sea trayendo explícitamente nombres, ideas, conceptos del “canon” filosófico, pero, sobre todo, soltando con naturalidad fases “a lo Kundera”, así como al pasar, que se entretejen o destejen sus dolores, sus enojos, sus celos, sus golpes, sus decepciones.

Digo kafkiana: El proceso, sí, pero esta no es la burocracia de la Justicia; lo que deja entrever el profesor, agobiado por una tarde de 38° en un aula con un ventilador que sufre tanto como el protagonista, es la tecnocracia del sistema universitario-académico. Ese que ha hecho que se vacíen las aulas por poner primero los títulos, la pompa, la hipocresía, antes que sueldos y condiciones de trabajo acordes a lo que implica la transformación social que pretende una educación pública comprometida (y no neoliberalmente de “calidad”).

Digo melvilliana: porque el protagonista, claramente, preferiría una y mil veces no hacerlo, no comparecer ante el absurdo de aquellas lógicas institucionales e interpersonales que vacían de sentido su labor y colman de sentido los planteos filosóficos, con sus contradicciones y aporías inevitables. Planteos que, sin dejar de ser auténticos a las ideas originales, el protagonista reelabora desde el territorio más mendocino que existe, y en ese cruce, filosofía y mendocinidad cotidiana, nos hace reír del absurdo nuestro de cada día.

Y una referencia extra: Saramago. Por la cantidad de páginas y el estilo de escritura -en las antípodas del informe-, lábil y juguetón con los signos de puntuación, hay que encontrar la punta del ovillo y dejar llevarse de corrido, sin respetar demasiado los caprichosos paréntesis, guiones, puntos. Hay que leerla en voz alta o al ritmo del pensamiento, no de la escritura, sino de la semiosis que encuentra en la vida cotidiana la excusa para reírse de nuestro absurdo gallinero, a veces llamado inercia, desde los más profundos y actuales planteos filosóficos.

Por: Romina Barboza