A casi cincuenta años de su estreno, “Tiburón” (1975) continúa siendo uno de los grandes clásicos del séptimo arte y una obra maestra del cine de suspense. Esta película no solo popularizó el término ‘blockbuster‘, sino que también sentó las bases para el género de películas sobre tiburones asesinos.
Producciones como “Alerta en lo Profundo“, “Mar Abierto“, “Sharknado“, “Megalodón“, “Miedo Profundo” y “Terror a 47 Metros“, intentaron seguir sus pasos. Actualmente, Netflix está revitalizando el género con su nueva película “En las Profundidades del Sena“, que presenta a un tiburón acechando a los parisinos en el río Sena y ha alcanzado gran popularidad.
Steven Spielberg creó momentos icónicos que quedaron grabados a fuego en la memoria colectiva del mundo, pero una de las mejores escenas de “Tiburón” no está protagonizada por la famosa aleta del escualo o la música de John Williams, sino por un relato basado en una historia real.
Spielberg tenía 28 años cuando se embarcó en uno de los rodajes más caóticos y estresantes de la historia del cine. Su ingenuidad le hizo rodar la película en el océano, enfrentándose a problemas de producción constantes como botes que aparecían en los planos de repente, cámaras empapadas, empleados quemados por el sol o cubiertos en sal de mar, además de comenzar con un guion que no estaba terminado. Y todo esto mientras los tres tiburones mecánicos construidos se negaban a funcionar.
Fue después de sufrir tantos contratiempos y dolores de cabeza que decidió, sin más remedio, insinuar la presencia del tiburón con la música de John Williams, sin saber que ese error mecánico terminaría convirtiéndose en el sello de identidad del filme.
Al final, con sudor y lágrimas, Spielberg consiguió crear su primer clásico y una película que dejó huella a golpe de secuencias aterradoras, visualmente punzantes y cinematográficamente electrizantes.
Por eso, si pregunto cuál es tu escena favorita, a cada uno le vendrá a la mente un momento icónico diferente. Desde el impacto que provoca el primer ataque en la secuencia inicial a la mano que encuentran en la playa, las frases memorables de sus personajes (como “Va a necesitar un bote más grande”) o sencillamente la música de John Williams como figura invisible pero inolvidable.
Sin embargo, “Tiburón” tiene otra escena maravillosa que suele pasar desapercibida y que, para mí, es de las mejores de todo el metraje. Porque, para que provoque el pavor que pretende, hay que conocer que se trata de una historia real.
La tragedia real en “Tiburón”
La escena en cuestión tiene lugar en la hora y media de metraje, cuando el alcalde finalmente se convence de la presencia del gran tiburón blanco en las orillas de su pueblo, y da la orden al jefe de policía Martin Brody (Roy Scheider) de cazarlo. Para entonces, el escualo se ha cobrado varias víctimas.
A continuación, Brody y el oceanógrafo Matt Hooper (Richard Dreyfuss) contratan al cazador de tiburones local, el capitán Quint (Robert Shaw), embarcándose en su nave, ‘Orca’. Después de vivir el primer encuentro con el tiburón, pasan la noche en el navío, esperando que reaparezca.
Entonces somos testigos de la secuencia cuando Quint y Hooper beben y comparten cicatrices de batalla. Es un momento de distracción entre los personajes tras un día de tensión y peligro, pero Quint nos trae de regreso al suspense de la película contando la historia del tatuaje ‘USS Indianapolis‘ que lleva en el brazo.
Muchos seguramente no lo sepan, pero la anécdota es una historia real. En la película, el capitán relata que es uno de los supervivientes del barco naval que fue hundido por torpedos japoneses en 1945 después de entregar partes de la bomba nuclear de Hiroshima.
“1.100 hombres cayeron al agua. El barco se hundió en 12 minutos. No vi el primer tiburón hasta pasada media hora. Un tigre, de cuatro metros”, relata el personaje.
“Lo que no sabíamos era que nuestra misión de entregar la bomba era tan secreta que no se podía enviar una señal de socorro”, continúa para añadir que en cuanto salió el sol comenzaron a aparecer más tiburones, formando grupos para protegerse entre todos, ahuyentándolos, gritando y pataleando.
“A veces, el tiburón se iba y a veces, no se iba. ¿Sabe una cosa sobre los tiburones? Tienen ojos sin vida. Ojos negros, como los de un muñeco. Cuando se acercan parecen estar sin vida hasta que muerden y esos ojos negros se vuelven blancos”.
Quint entonces relata los gritos de terror que se oían y el color rojo que tiñó el mar a su alrededor, con compañeros siendo desmembrados por los escualos.

“Cuando terminó ese primer amanecer habían muerto 100 hombres. No sé cuántos tiburones. Tal vez 1.000. No sé cuántos hombres. Devoraban a seis por hora”, concluye contando que vio a uno de sus amigos al que le faltaba la mitad del cuerpo y que, al ser rescatados días después, solo 316 hombres habían sobrevivido.
Como pueden comprobar en el vídeo, la escena transcurre con una música sutil de fondo y sin acompañamientos añadidos. Ni siquiera hay cambios de planos variados. Se trata de escuchar a Quint y dejar que la imaginación haga el resto, mientras el espectador sabe que ahí debajo está el tiburón esperando volver al acecho.
El USS Indianapolis era uno de los orgullos de la fuerza naval estadounidense y después de entregar piezas para la bomba nuclear, zarpó entrando en secreto en las aguas de la isla de Tinián en la medianoche del 30 de julio de 1945, siendo interceptado por un submarino japonés.
De los 1.195 hombres que iban a bordo se cree que unos 300 murieron en el impacto mientras el resto caía al mar, donde los esperaban los tiburones. Fue el mayor desastre naval en cuanto a pérdidas de vidas en el mar en la historia de la Marina estadounidense.
“Fue espantoso”, dijo el superviviente Harlan Twible en el documental “Jaws: The Inside Story”. “Los tiburones tiraban de ellos y comían sus extremidades y el resto del cuerpo flotaba en la superficie”.
i bien muchos murieron por deshidratación, quemaduras, ahogamiento y envenenamiento por el agua salada, otros tantos perecieron como alimento de tiburones.
“Los hombres comenzaron a tener ideas de que el barco (de rescate) no estaba muy lejos”, recordó el sobreviviente Tony King al History Channel en 2018.

“Promesas de chicas guapas llevando galletas o una bebida fría justo en el horizonte. No fue difícil que me convencieran. Así que un grupo nadó, siguiendo al líder, sin querer quedarse atrás… Había tantos tiburones. Tantos. Los veía nadando debajo de mí”.
La Marina se enteró del hundimiento cuatro días después, cuando la tripulación de otro barco -el PV-1 Ventura– vio a los sobrevivientes en el mar cubiertos de petróleo. A continuación, la historia del USS Indianapolis rellenó portadas en los periódicos de la época.
No solo por la tragedia sino porque la Fuerza Naval juzgó en un consejo de guerra al capitán Charles B. McVay III -que había sobrevivido al hundimiento y los tiburones- acusándolo de negligencia por no haber esquivado el torpedo.
El caso fue todo un escándalo por entonces con muchos detractores. A McVay lo juzgaron, pero fue exonerado el Congreso de los Estados Unidos.



