“Inútiles afanes” es la obra más reciente del escritor alvarense Ricardo Bugarín. Se trata de una colección de microrrelatos que dejan al descubierto no solamente el encantador sentido del humor del autor, sino también su profunda afición por la lectura, puesto que gran parte de los textos se construyen sobre la base de citas, alusiones e intertextualidad con obras literarias precedentes.

De este modo, al transitar las páginas, el lector atento a los guiños del autor puede reconocer el diálogo continuo con clásicos como la Divina Comedia de Dante, los sonetos de Francisco de Quevedo o el Martín Fierro de Hernández, entre muchos más lazos con otros textos literarios consagrados. Al mismo tiempo, este recorrido dibuja un mapa de las lecturas del escritor.

Esta característica se relaciona estrechamente con el título de la colección y es clave para su comprensión. Una explicación del mismo puede hallarse, además, anticipada en las primeras hojas bajo la forma de una autocita (“Que escribir no sea otro de mis inútiles afanes”), frase que lleva a la asociación directa de los “inútiles afanes” con la escritura y el oficio de escribir.

Otros minirrelatos del libro, en cambio, hunden su artificio en un humor que se construye desde la sorpresa, en un final que desestabiliza la lógica o en un manejo de excelencia en cuanto a los juegos del lenguaje.

“La microficción es un camino difícil de transitar porque, al igual que la poesía, está lleno de moldes y fórmulas, mezcla de laboratorio de segunda mano y panadería rancia. Por eso es destacable que Bugarín evite los territorios más conocidos y tome riesgos creando nuevos mapas de lugares que existen quizás en los sueños”, comenta Alejandro Bentivoglio desde la contratapa del libro.

En esta nota compartimos con los lectores de El Sol una selección de los microcuentos que componen esta obra.

Sobre el autor

Ricardo Bugarín nació y vive en General Alvear. Es escritor, investigador y promotor cultural. Ha publicado los libros de poesía “Bagaje”(1981) y “Textos hallados en una roca” (2020). En el género de microficción publicó “Bonsai en compota” (2014), varios de estos textos fueron traducidos al francés y publicados por la Universidad de Poitiers (Francia); “Inés se turba sola” (2015), “Benignas insanías” (2016), “Ficcionario” (2017) y “Anecdotario” (2020), “De los seres de este Reino” (2024) e “Inútiles afanes (2025) . Su obra ha sido incluida en más de 40 antologías internacionales.

Algunas páginas de “Inútiles afanes”

VISITA GUIADA

Me hablaron tantas maravillas que ya eran como de sospechar. No obstante fui confiado. La sala me resultó demasiada grande y poca luminosa. Un olor como a flores frescas se esparcía por todas partes pero no había jardín alguno por esos pasillos. Una señora muy pulcra y muy señora nos recibió con una sonrisa de bienvenidos a las puertas del cielo. Me tomó de la mano y me dejé conducir en silencio hacia esa especie de cajita vidriada con mangueritas que me señalara. No bien miré con algo de atención, me pareció que esa cosa, casi inmóvil, no tenía mucho de las maravillas escuchadas. Qué te parece, me dijo la señora muy señora. Una belleza, afirmó muy pulcra antes de que yo emitiera opinión alguna. Sí, respondí cortado, al tiempo que comencé a tocarme para constatar las diferencias. Es el niño más bello que aquí hemos traído, dijo finalmente con gran satisfacción. A mí me pareció un aye-aye, de esos que había visto en la enciclopedia de la escuela, pero no volví a emitir sonido. Al llegar a casa y encontrarme con mi papá, me preguntó: qué te pareció. Los hermanos no se eligen, respondí.

AL PIE DE LA LETRA

Si “cada lechón en su teta es el modo de mamar” y si “cada vaca que cambia de querencia se atrasa en la parición”, decime vos que sos tan criollo ¿qué vamos a hacer si “al que nace barrigón es al ñudo que lo fajen”?

COMO UN ÁTOMO EN EL CIELO

Lo vio en el obituario del diario y no pudo creerlo. Se pellizcó con las dos manos, se zamarreó de las orejas, se golpeó la cabeza con los puños, se metió un dedo en el culo, gritó a los cuatro vientos, se mordió la lengua y se sacudió de las solapas. Cuando logró un poco de calma, tomó el diario y salió, apresurado, por el pasillo para adentro. Al cruzarse a su mujer en ese trayecto, le extiende el diario y, con voz en tono de disculpa dice, mientras señala una imagen: “mirá la foto, mirá lo foto”. La mujer queda quieta y en silencio. “He muerto yo” fue lo último que se oyó decir antes de desaparecer como un átomo en el cielo, como una bengala navideña.

EL PARAISO PUEDE SER UN INFIERNO

Dante es un calentón, se queja tía Beatriz a mamá. Se cree que el paraíso del amor radica en hacer de cada día un infierno. Las cosas quedan todas revueltas y después de que se marcha al trabajo siempre me toca a mí ordenar toda la casa.

MENOS POLVO ENAMORADO

Después de perder respeto a ley severa y demédulas que han gloriosamente ardido, ya no eres ni siquiera mi soneto mañanero. Hoy, que eres polvo menos enamorado, ni siquiera ceniza alcanza tu estatura y en esta sanación que acometo y que podrá desatar esta alma mía, ya tu nombre no tendrá sentido. Y polvo serán, menos polvo enamorado, esas venas que humor a tanto fuego han dado. Y no te jactes de algún logro imaginado pues, polvo serás y, desde ahora, olvido.

TERAPIA

Después la de duodécima sesión, con esa voz pausada y delicada de facultativo universitario, le recomendó “tal vez intentar con un pequeño huerto, con un jardín a gusto, sea beneficioso para usted. Llenarse de tierra y de esperanzas es muy apropiado en estos casos”. Sopesó la enumeración de tareas sugeridas: cavar la tierra, hurgar en su interior, aspirar el vaho germinal de la vida, sembrar, plantar, regar, podar, quitar malezas y cosechar, en tiempo justo, lo alcanzado como un premio sabroso y perfumado de la vida.

En el comienzo fueron los tomates, las berenjenas, los cebollines de delatores aromas. Después vinieron las zanahorias y las lechugas arrepolladas. Nada de eso fue suficiente. Nada alcanzó lo deseado. Entonces fue que toda aspiración viró hacia las flores. Aparecieron los paños de narcisos, los senderos de gladiolos y los bordes de hortensias hasta que una mañana lo encontramos agónicamente volcado sobre un surco y su espalda se nos presentó como todo un territorio de malvones. Hicimos los trámites de rigor y al extendernos la certificación, el facultativo, con esa voz pausada y delicada de profesional universitario, nos dijo: “se hizo, botánicamente, todo lo posible”.