"Sueños alados" Fiesta Nacional de la Vendimia, de Eduardo Dolengiewich.

Semanalmente nos proponemos desde este espacio divulgar la literatura nacida en Mendoza, que desborda de grandes autores, reconocidos en el país y en el mundo. Antonio Di Benedetto, Rodolfo Braceli, Liliana Bodoc, Armando Tejada GómezJuan Draghi LuceroAlfonso Solá GonzálezPatricia Rodón, Jorge E. RamponiAlfredo Bufano y Cecilia Pavón, entre muchos más, son la evidencia de la belleza y profundidad de nuestras letras, que se nutren de nuestro paisaje y de nuestra cultura, para proyectarse al mundo.

Además de los grandes maestros, cuya trayectoria es ya celebrada a nivel nacional, muchos escritores inéditos y desconocidos conforman las páginas de la literatura mendocina. Sus historias bullen en anhelos de encontrarse con los lectores. Aquí, sin dudas, se escribe mucho y muy bien.

Invitamos a disfrutar de algunos de los relatos que surgen de este sol, de este suelo y de nuestra gente; a celebrar la literatura que, como un espejo, nos refleja y nos define.

En estos dos breves relatos, la autora, con humor sencillo y ánimo cariñoso hacia lo que nos rodea, nos remite a personajes entrañables de nuestra infancia y cotidianidad.

Ambos relatos pertenecen a la serie Panfletos líricos y cuenteros de Jovita Kemelmajer Roitman,  profesora Honoraria de la Universidad Nacional de Cuyo.

Sobre la autora

La artista mendocina Jovita Kelmelmajer Roitman es una distinguida personalidad de la cultura de esta tierra. En el 2023, su destacada trayectoria le valió el título de Profesora Honoraria de la UNCuyo.

Se formó en danza con Isolde Klietmann y en el Conservatorio de Música de la Universidad de Chile, con los maestros Sigurd Leeder, Hans Zullig, Patricio Bunster, Malucha Solari y Joan Turner, entre otros, y es profesora de Piano, Teoría Solfeo y Dictado Musical, egresada del Conservatorio General San Martín. 

De izquieda a derecha, Jovita Kemelmajer Roitman recibiendo el título de profesora Honoraria de la UNCuyo. Foto gentileza UNCuyo.

Ha sido coreógrafa general de la Fiesta Nacional de la Vendimia en 1989, 1993, 1994, 1995, 1998, 1999. Creó y dirigió el Ballet de Cámara de la Asociación Filarmónica de Mendoza. Es magíster en Creatividad Aplicada Total por la Universidad de Santiago de Compostela, España. Fue vicedecana de la Facultad de Educación de la UNCuyo durante tres períodos, además de directora del Departamento de Expresión y secretaria de Extensión y Relaciones Institucionales de esa casa de estudios.

Ha publicado Imágenes, cuentos cortos y otras yerbas (con imágenes de Eduardo Dolengiewich, 2017), La creatividad total y el lenguaje corporal posmoderno (2011), Pensar en Matemática con el cuerpo (en coautoría con M. L. Porcar, N. Pacheco, B. R. Parés y M. E. Peralta, 2000), Técnicas de creatividad (en coautoría con S. Capitanelli, R. Fader y M. L. Porcar, 2001), Epistemología de la creatividad (en coautoría con D. Albarracín, 2001) y Educación musical para los más chicos (en coautoría con Rosa Fader de Guiñazú, 1974).

Una de las imágenes de Eduardo Dolengiewich del libro Imágenes, cuentos cortos y otras yerbas, de Jovita Kemelmajer Roitman.

“La vaca negra”

Gorda y lustrosa lloraba su triste destino a la sombra del único ombú en la insolada pampa.

Nadie la tenía en cuenta. Hasta su cola había perdido toda función porque ni moscas ni bichos la molestaban.

La vaca pastaba para nada. Sola y resignada, engorda y engorda cada mañana, a la espera ansiosa de una mirada que se pose en su piel lustrosa, o de una mano que estruje sus ubres añosas y extraiga su negra leche.

¡Qué destino de negrura y gordura!

Un pájaro pasó y cantando contó que una tal María Elena Walsh le podría encontrar un mejor sino.

No sabemos si un extraterrestre o el cóndor que pasa la llevó a Humahuaca, pero allí empezó a estudiar, para fastidio de muchas generaciones. Estaba feliz hasta que llegó la IA, que para colmo hablaba inglés y español.

Nuestra amiga betún no soportó tan cruel destino. Volvió a la pampa con su ombú, su negrura y su gordura, esperando que algún Larralde se apiade y le cante una milonga pampeana con ternura.

“Rombo persistente”

La mosca y el mosquito se disputaban el mismo segmento de la piel de Carlos, quien intentaba, desesperadamente, dormir. Había tenido un día agotador, subiendo y bajando del camión cajones y botellas, con el calor agobiante de un verano que no quería irse.

Y este es el rombo de los que no quieren irse.

La mosca, que no conoce de días y de noches, se pega al sudor de Carlos y posa y refriega sus sucias patas una y otra vez recorriendo la escarpada línea de negros vellos del fornido joven y alcanza a posarse en su cabeza. Vuela segundos antes del pesado manotazo. Furia de Carlos ante tamaña burla.

El mosquito sabe que su tiempo es el atardecer y la noche. Pretende que si es el amo en ese tiempo, también el territorio le pertenece. Y entre pelea y pelea con la mosca por la posesión del lugar, pica y chupa la sangre de Carlos, quien abanica su mano como un látigo, sin ningún resultado. El mosquito es pertinaz. Se queda y, además, agrega su música no de bajo, sino de alto continuo enloquecedor.

El verano se instala casi ingenuamente con su pesada humedad, creyendo que será por una eternidad.

Carlos, desparramado en su cama, ya no oye, su piel no responde a los invasores. Mientras su cuerpo se aferra a la cama y abandona su peso a favor del sopor y la gravedad, su ensoñamiento vuela a una isla tropical.