“Ella ya sabe que lo tomo amargo, ¡muy bien!”, le comentó una senadora a un colega de comisión mientras el personal que asiste en la Legislatura repartía los vasitos de café por el salón.

Y a partir de allí, en medio del bullicio y mientras el resto se iba acomodando en sus lugares para poner en marcha la jornada de trabajo, se dio la particular y distendida charla que tuvo a la tradicional infusión como protagonista.

-¿Lo tomás amargo?

-Sí, porque habitualmente el café de acá es torrado. Y ya está torrado en azúcar… y es lo peor que hay.

-Hay que tomar tostado, no torrado.

-Sí, siempre tostado.