Habían pasado unos minutos después de las doce de la noche cuando el avión privado con el empresario y su familia aterrizaba en Mendoza proveniente del extranjero.
Hasta ahí, todo normal. Un vuelo de rutina. Descender con el equipaje y esperar en la fila para hacer los trámites migratorios. Pero al parecer al hombre le ganó la ansiedad y quiso imponer condiciones. Agarró y decidió colarse por sobre el resto de los pasajeros de un vuelo anterior que estaban esperando de manera civilizada.
Fue, se adelantó y pasó antes que nadie. En buen criollo, se coló, sin que personal de Migraciones o de la PSA le dijera algo.
Pero había más: una vez que salió de la terminal aérea, se dirigió hasta la playa de estacionamiento, donde su camioneta lo esperaba con las balizas puestas y estacionada en un lugar para discapacitados.
