La cápsula Orión de la misión Artemis II protagonizó uno de los momentos más críticos de cualquier vuelo tripulado: el reingreso a la Tierra a altísima velocidad y con un apagón total de comunicaciones. Durante seis minutos, mientras atravesaba la atmósfera convertida en una bola de fuego, el destino de los cuatro astronautas a bordo quedó completamente fuera de contacto con el control de misión.

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La nave, que regresaba tras una histórica órbita lunar, ingresó a la atmósfera a unos 40.000 km/h. A esa velocidad, el rozamiento generó temperaturas cercanas a los 2.700 grados, obligando al escudo térmico a soportar condiciones extremas. Dentro de la cápsula viajaban Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen, quienes monitorearon cada sistema mientras descendían sin posibilidad de comunicarse con la Tierra.

Ese período, conocido como “apagón planificado”, ocurre cuando la nave queda envuelta en plasma incandescente, lo que bloquea las señales de radio. Durante ese lapso, la cápsula desaceleró de forma violenta hasta alcanzar velocidades seguras para el despliegue de paracaídas.

Ya a menor altura, el sistema de descenso se activó en secuencia: primero paracaídas piloto, luego de frenado y finalmente los principales, que redujeron la velocidad a menos de 32 km/h. Todo el proceso fue clave para garantizar un amerizaje controlado.

El descenso concluyó a las 21:07 (hora argentina), cuando la cápsula impactó de manera segura en el Océano Pacífico, frente a la costa de California, completando un viaje de más de 1,1 millones de kilómetros.

Minutos más tarde, la NASA confirmó que los astronautas estaban en “perfecto estado de salud“.

Desde la NASA destacaron que el mayor desafío fue la integridad del escudo térmico, especialmente tras los inconvenientes detectados en la misión no tripulada anterior. Aun así, el sistema respondió según lo previsto, permitiendo cerrar con éxito una de las etapas más peligrosas de la exploración espacial tripulada.